Me refiero a lo que nos va a costar la construcción del Estadio de Gran Canaria para que sea sede del Mundial de la FIFA 2030 y al modelo de gestión posterior que se está planteando.
Esto, más que sobre un estadio, tiene que ver con cómo se toman decisiones públicas, cómo se gestiona el dinero de todos y cómo se busca el equilibrio cuando entran en juego intereses distintos.
Te lo quiero plantear como lo hablaría contigo. Sin tener todas las respuestas. Pero con la sensación de que merece la pena pararse un momento.
Porque este estadio no empieza hoy.
Se inauguró en 2003. Han pasado más de 20 años. Y durante todo este tiempo ha estado marcado por reformas, ajustes y decisiones que intentaban corregir lo que desde el principio no terminó de salir bien.
Se diseñó con unas pistas de atletismo, pero no cumplió bien ni una función ni la otra. Y quien iba al fútbol lo notaba: el campo lejos, el ambiente más frío, menos conexión. Nada que ver con lo que muchas personas recordamos del Insular.
Con el tiempo se fue corrigiendo: quitar las pistas, acercar las gradas, adaptar espacios. Y todo eso ha supuesto mucha inversión pública durante años.
Ahora se plantea una reforma integral. Se habla de cifras que pueden moverse entre 160 y 200 millones de euros. Y todos sabemos que en este tipo de obras las cifras iniciales no siempre son las finales. No por mala fe, sino porque surgen imprevistos, aumentan los costes o se ajustan los proyectos. Es razonable pensar que la cifra real podría ser mayor. Y eso se sumaría a todo lo ya invertido.
Más allá de la obra, está el modelo de gestión posterior. Quién gestiona el estadio, durante cuánto tiempo y en qué condiciones.
Por lo que ha trascendido, la UD Las Palmas podría aportar en torno a 60 millones de euros y asumir la gestión durante varias décadas —se habla de hasta 60 años—.
Y aquí es donde, al menos a mí, me cuesta encajar las piezas.
No tanto por la participación privada, que puede tener sentido, sino por el equilibrio.
Porque si estamos hablando de una inversión pública muy superior… ¿cómo se compensa eso en el reparto de beneficios, en el control de la instalación o en el retorno para la ciudadanía? ¿Cómo se evita que el esfuerzo colectivo termine sosteniendo principalmente un proyecto privado? ¿Y cómo se garantiza, al mismo tiempo, que quien invierte y gestiona tenga un retorno justo?
Ahí es donde creo que está el verdadero debate.
Entiendo lo que representa la UD Las Palmas. Entiendo el sentimiento, la historia, la afición. Es parte de esta isla.
Pero también es una entidad privada.
Y cuando entra dinero público en una operación de esta magnitud, parece lógico preguntarse cómo se reparten responsabilidades, riesgos y beneficios.
¿Cómo se hace esto bien?
¿Cómo se apoya a una entidad privada con valor social sin que se produzca un desequilibrio?
¿Cómo se garantiza que, si hay beneficios tras una inversión pública tan importante, una parte relevante vuelva a la sociedad?
Porque me parecería injusto que la UD Las Palmas saliera perdiendo en este proceso. Que el canon fuera desproporcionado o que su inversión no tuviera una compensación razonable.
Pero igual de injusto me parecería lo contrario.
Que el Cabildo de Gran Canaria, es decir, toda la ciudadanía de Gran Canaria, pongamos mucho dinero —como ya se ha puesto durante años— para que el beneficio termine principalmente en manos de una empresa privada.
Ahí es donde, creo, está la línea fina.
En estos últimos meses se han escuchado declaraciones que apuntan a distintos escenarios, incluso a alternativas si no hay acuerdo. Es lógico que cada parte defienda su posición. Pero precisamente por eso es importante que la decisión se tome en un marco sereno, transparente y bien explicado.
Más aún en un momento como este, con tiempos ajustados, elecciones el año que viene y muchas expectativas.
Porque este tipo de decisiones no son solo para hoy. Tienen efectos durante décadas.
Y hay algo más que no conviene perder de vista.
El dinero público tiene muchas demandas. En lo social, en lo sanitario, en lo educativo. Y también en el deporte base: instalaciones que necesitan mejoras, espacios que se quedan pequeños por el uso intensivo de la ciudadanía.
No se trata de enfrentar unas cosas con otras. Pero sí de tenerlas presentes.
También existen distintos modelos para abordar este tipo de proyectos. En algunos casos, la inversión y la gestión son privadas. En otros, el equipamiento es público y se establece un uso mediante canon. Y en otros, hay fórmulas mixtas donde la empresa invierte, gestiona durante un tiempo limitado y después la infraestructura revierte plenamente a lo público.
Quizá la clave esté ahí: en encontrar un modelo equilibrado.
Un acuerdo en el que la UD Las Palmas pueda crecer y desarrollarse, y al mismo tiempo el interés general quede protegido. Donde el reparto de esfuerzos y beneficios sea proporcional. Donde los plazos sean razonables. Donde no se limite en exceso la capacidad de decisión futura.
Porque, si el dinero es de todos… ¿cómo nos aseguramos de que el beneficio también lo sea?
No tengo una respuesta cerrada.
Solo la sensación de que este es un buen momento para escuchar, explicar bien las cosas y buscar un acuerdo que genere confianza.
Sin prisas innecesarias.
Sin tensiones que no ayudan.
Y con la mirada puesta en el largo plazo.
Porque entre la ilusión y la responsabilidad, seguramente, esté el punto de encuentro.