Un mundo cada vez más inteligente… ¿y nosotros?

Nos están diciendo que la inteligencia artificial es el futuro y que quien no se suba al carro se quedará atrás. Lo escuchamos todos: empresarios, profesionales, autónomos, funcionarios, estudiantes y cualquiera que simplemente intente salir adelante. Y puede que sea cierto. 

De hecho, ya la usamos cada vez más en el trabajo, en los estudios y en la vida cotidiana. Se notan los avances, los cambios, incluso mejoras claras en rapidez, en comodidad y en resultados. La inteligencia artificial funciona. 

La cuestión no es si este mundo será cada vez más inteligente, sino qué nos pasa a las personas cuando empezamos a delegar en una máquina no solo tareas, sino decisiones, criterios y relaciones.

Porque eso ya está ocurriendo en lo más cotidiano. Leemos menos. Pensamos menos. Cuestionamos menos. Ante un problema, consultamos. Ante una decisión, preguntamos. Copiamos respuestas tal cual, sin pasarlas por el filtro del criterio propio. Hacemos proyectos enteros sin pararnos a pensar si son viables, si tienen sentido o si encajan con la realidad. Buscamos resultados perfectos.

Le preguntamos a la inteligencia artificial para trabajar, para estudiar y también para vivir. Qué decir, cómo actuar, cómo afrontar un conflicto, incluso cómo gestionar lo emocional o lo sentimental. No siempre es desinterés ni dejadez. Muchas veces es agotamiento. Vivimos cansados, con poco tiempo, con mucha presión, y en ese contexto es fácil delegar, copiar y seguir adelante sin cuestionar demasiado.

El problema es que, poco a poco, dejamos de entrenar algo esencial: la capacidad de pensar por nosotros mismos, de cuestionar lo que hacemos y por qué lo hacemos, de equivocarnos y de hacernos cargo de nuestras decisiones.

A todo esto se suma un autoengaño bastante extendido: creer que, con la inteligencia artificial, ahora puedo hacerlo todo y dedicarme profesionalmente a lo que quiera. Tengo una buena idea, la IA me ayuda y listo: Diseñar carteles, componer canciones, editar vídeos, escribir un libro, montar una empresa, convertirme en creador de contenidos,...  El problema aparece cuando todo el mundo piensa lo mismo al mismo tiempo. La herramienta es común, la producción se multiplica y el público sigue siendo limitado. No es que me falte talento; es que hay una saturación enorme de proyectos y muy poca atención disponible.

Tal vez también habría que revisar qué entendemos hoy por inteligencia. Los sistemas serán cada vez más rápidos, más precisos y más eficientes, sin duda. Pero la inteligencia humana no va solo de acertar, sino de empatizar, de reflexionar, de cuestionar, de preguntarse si algo es justo o humano antes de hacerlo. Una máquina puede ser brillantísima y no tener alma. El riesgo está en que aceptemos vivir sin alma como si fuera una mejora.

Desde ahí, desde lo personal, es más fácil entender lo que está ocurriendo a nivel laboral. Hoy una sola persona, con ayuda de la IA, puede hacer tareas que antes daban trabajo a varias: diseñar, escribir, traducir, crear contenidos, preparar proyectos, gestionar procesos. En algunos casos es apoyo. En muchos otros es sustitución. Y para quien mira los números, eso es eficiencia.

Esto ya lo hemos vivido antes. Cuando mucha gente dejó de comprar en la tienda del barrio porque en otro sitio era un poco más barato. Nadie quería que cerrara el comercio de toda la vida, pero cerró. Luego vinieron las grandes superficies, las compras online, la producción en países donde la mano de obra cuesta menos y los derechos pesan poco. Como individuos, ganábamos algo. Como sociedad, perdíamos empleos, relaciones y equilibrio.

Dentro de ese sistema, el comportamiento individual es comprensible. Si soy empresario y puedo reducir costes y aumentar beneficios, lo haré. Si soy consumidor y puedo pagar menos, también. No porque sea mala persona, sino porque así funciona el juego. No hay coherencia perfecta en un sistema que no está pensado para ella; hay adaptación y supervivencia.

Además, esto es solo el principio. Cuando la robótica entre de lleno en sectores como la logística, el transporte, la industria o incluso el cuidado, la sustitución dejará de ser solo digital. Será física. Máquinas haciendo lo que hasta ahora hacían personas, sin horarios, sin bajas, sin derechos. Y entonces la pregunta ya no será si la tecnología ayuda, sino a quién beneficia realmente.

Porque este modelo no lo hemos elegido en una asamblea global. Lo han ido construyendo grandes empresas, grandes intereses económicos y una forma muy concreta de entender la vida: producir más, gastar menos y competir mejor. Un sistema capitalista que tiene ventajas, sin duda, pero que también tiene muchos inconvenientes y que, con la inteligencia artificial, parece estar acelerándose y radicalizándose.

A todo esto se suma un aspecto del que se habla poco: detrás hay un negocio gigantesco. Hoy muchas herramientas parecen gratuitas o baratas, pero mañana no lo serán. Y como no te puedes quedar atrás, pagarás. Pagarás por seguir en el mercado, por ser competitivo, por no desaparecer. Se crea una dependencia que se vende como libertad.

Todo, además, se nos presenta como inevitable. Y cuando algo se presenta como inevitable, deja de debatirse. Se acepta. Como si fuera una ley natural y no el resultado de decisiones humanas muy concretas, tomadas desde muy arriba, con un poder enorme concentrado en pocas personas. La economía global va por un lado y la vida por otro, y hoy el poder económico tiene, en muchos aspectos, más fuerza que los propios Estados.

La gran pregunta queda abierta. Si los países podrán poner límites reales a este modelo. Si las personas, dentro de él, podremos poner pequeños límites propios. Si esta lógica del sálvese quien pueda es sostenible o acabará pasando factura cuando trabajar no baste para vivir con dignidad o cuando la desigualdad sea mayoritaría.

No sabemos qué va a pasar. Tal vez no haya grandes rupturas ni revoluciones. Tal vez todo siga avanzando, simplemente, hacia otro tipo de sociedad. En cualquier caso, ojalá no dejemos de cuestionarnos por el camino. No dejemos de relacionarnos. No dejemos de ser personas.

Porque un mundo puede ser cada vez más inteligente, más eficiente y más rentable… pero si nosotros dejamos de pensar, de cuestionar y de empatizar, la pregunta no es qué futuro estamos construyendo, sino en qué nos estamos convirtiendo.