Hay aprendizajes que no se dan en el colegio, ni se miden con exámenes, ni aparecen en el boletín de notas. Se aprenden viviendo. Y algunos de los más importantes los aprendí en un campo de fútbol.
No hablo del fútbol profesional que llena estadios y portadas de periódicos. Hablo del deporte base. Del que se juega en la infancia y la juventud, en barrios donde el balón era casi lo único perfecto que teníamos. Hablo del Santo Domingo y del campo Chano Cruz, en el barrio de San José. De cuando era de tierra, de los balones pesados y de las rodillas raspadas que llevábamos a casa como trofeos invisibles.
Recuerdo quedar algunos sábados para quitar las piedras del campo entre todos: Benjamines, alevines, infantiles y juveniles. Nadie nos daba una charla motivacional. Simplemente lo hacíamos. Y en ese gesto aparentemente pequeño ya había una lección enorme: el lugar que compartimos es sagrado y se cuida entre todos.
No siempre había vestuarios decentes, como en los campos de la Feria. Cargábamos los balones y las garrafas de agua. Se pasaban fatigas. Muchas. Pero la ilusión siempre era mayor que cualquier esfuerzo.
Hoy casi todos los campos son de césped artificial y eso es un avance que hay que reconocer. Es dignidad. Es progreso. Pero no todo está resuelto. Hay clubes que comparten instalaciones y grupos de 40 o 50 chicos entrenando en medio campo porque no hay más espacio. Si creemos de verdad que el deporte base educa, previene y fortalece la convivencia, quizá deberíamos preguntarnos si las instalaciones actuales son suficientes. Ampliarlas no sería un gasto, sino una inversión social. Cada hora de entrenamiento es tiempo ganado para la sociedad.
Años después, cuando fui entrenador entendí que no todo el mundo percibe el compromiso de la misma manera. Para mí era evidente que federarse y competir implicaba asumir una responsabilidad durante toda la temporada. Sin embargo, recuerdo tener que explicarle a algunos padres algo que pensaba que era obvio: si competimos, nos comprometemos. No es una actividad a la que se viene cuando apetece. Si falta uno, el equipo se adapta. Y si faltan varios en un partido decisivo porque había otro plan más atractivo, se rompe algo muy profundo, la confianza.
En un deporte individual, si no compites, te perjudicas tú. En un equipo, tu ausencia impacta en todos. Y esa es una de las grandes lecciones silenciosas del fútbol: tus decisiones nunca son solo tuyas.
También aprendí que el ego no cabe en un vestuario sano. En una plantilla de 22 juegan solo 11 de titulares. Si todos quisieran disputar los 90 minutos, sería imposible. He visto enfados cuando alguien era sustituido. Y he visto madurar a jugadores el día que aceptaron el cambio, chocaron la mano del entrenador y animaron al compañero que entraba. Entender que no eres el centro, sino una pieza de un proyecto colectivo, es un salto enorme hacia la madurez.
Porque el fútbol no es solo correr detrás de un balón. Es táctica y es estrategia. Es saber cuándo atacar y cuándo replegar. Es aceptar que a veces el plan exige sacrificio individual por el bien del equipo. Esa comprensión de que formamos parte de algo más grande que nosotros se convierte a la larga en una manera de estar en el mundo.
Y luego está el entrenamiento. “Se juega como se entrena”, se repite desde siempre. No es una frase hecha. Es una verdad profunda. El partido del domingo es el resultado de lo que hiciste durante la semana. En el entrenamiento no hay focos ni aplausos. Hay repetición, intensidad, corrección, perseverancia. Ahí se forja el carácter.
En la vida ocurre lo mismo. No se improvisa la responsabilidad el día decisivo. No se improvisa la disciplina cuando llega la dificultad. Lo que eres en el momento importante es lo que has trabajado anteriormente.
El gol tampoco pertenece solo al que empuja el balón a la red. Empieza en el defensa que recupera, en el medio que piensa, en el desmarque que arrastra la marca y crea espacios libres. Incluso es del jugador lesionado que anima desde la grada, del suplente que entrena cada semana sin garantías de minutos, del no convocado que podría haberse quedado en casa y elige acompañar. Cuando se entiende eso, el éxito deja de ser individual y se convierte en una celebración compartida.
En el instituto, cuando muchos compañeros comenzaron a fumar o beber, yo decía que no. No por superioridad, sino por compromiso. El domingo había partido. El entrenador nos había hablado de cuidar el cuerpo, de descansar, de alimentarnos bien. Le hice caso. Sin saberlo, pertenecer a un equipo fue un salvavidas.
Organismos como la Organización Mundial de la Salud o la UNESCO señalan que el deporte de equipo fortalece la autoestima y reduce conductas de riesgo en la adolescencia. Yo no conocía esos estudios. Conocía la mirada de mis compañeros y el compromiso compartido. Y eso fue suficiente para tomar buenas decisiones que marcaron mi vida.
Nada de esto existiría sin entrenadores comprometidos, directivos que trabajan de forma altruista, los poco valorados árbitros, las familias que sostienen el proyecto, los patrocinadores solidarios y las instituciones públicas que apoyan. El deporte base es una red invisible de generosidad.
Y luego están los compañeros. Amigos que terminan siendo familia. Los que compartieron barro, nervios, victorias y derrotas. Los que te conocieron antes de que la vida te moldeara del todo.
Por eso cuando nuestro capi, Cipriano, nos reúne varias veces al año, la alegría es sincera y profunda. Recordamos anécdotas, exageramos goles, nos reímos de nosotros mismos. Los años han pasado, pero los lazos siguen intactos. Esos vínculos son eternos.
Gran parte de lo que soy hoy nació ahí. Mi forma de entender el compromiso, el respeto a las normas, la importancia de la perseverancia, la convicción de que nadie construye nada grande en solitario. El fútbol no me enseñó solo a jugar. Me enseñó a convivir, a tener una estrategia en la vida, a aceptar cambios sin romperme, a celebrar sin humillar y a perder sin hundirme.
Ojalá no olvidemos que el deporte base es una escuela de ciudadanía. Que no se deje contaminar por la violencia o la ira que a veces vemos fuera. Que los niños sigan dándose la mano al terminar un partido. Que puedan competir con intensidad sin convertirse en enemigos. Que el fútbol contagie valores a la sociedad y no al revés.
Porque nuestra sociedad necesita exactamente lo que se aprende en un buen equipo. Y estoy convencido de que si protegemos y potenciamos esos valores, no solo estaremos formando jugadores. Estaremos formando personas.
Y cuando una sociedad entiende de verdad lo que significa equipo, empieza a funcionar mucho mejor.