Llevo días dándole vueltas a una idea que me parece interesante: Si tuviera que ordenar del 1 al 10 las prioridades de una sociedad, ¿qué pondría primero? ¿La sanidad? ¿La educación? ¿La vivienda? ¿La seguridad? ¿El cuidado de las personas mayores? ¿El mantenimiento de lo cotidiano? ¿Las emergencias? ¿El transporte? ¿La limpieza? ¿El deporte? ¿La cultura? ¿Los espectáculos musicales? ¿Las fiestas?...
Porque, en el fondo, de eso va todo en la vida. De decidir qué va primero. En realidad, eso es lo que hacemos todos cada día. Elegir. Priorizar. Decidir qué hacemos primero y qué dejamos para después. Desde lo más sencillo hasta lo más importante. Y sabemos que no es algo menor, porque según esas decisiones, vamos en una dirección u otra. A veces acertamos, a veces nos equivocamos, pero no podemos dejar de hacerlo.
En Canarias, cada vez más gente no llega a final de mes. No puede pagar un alquiler sin dejarse medio sueldo. Vive con preocupación constante. Y eso cambia la forma de mirar las cosas. Porque cuando tú estás así, no piensas en grandes proyectos. Piensas en lo básico.
Y aquí hay algo que creo que no deberíamos olvidar. Lo público es lo que garantiza que todos podamos vivir con dignidad. Que todos tengamos lo mínimo, aunque algunos puedan pagarse lo máximo.
Pero lo público es aún más que eso. También es crear comunidad. Es generar identidad. Es cuidar la isla, el medio ambiente, los espacios naturales. Es apoyar al sector primario. Es ayudar a que una persona joven pueda tener un proyecto de vida.
Y también es lo cotidiano. Es que cuando hay un incendio, lleguen los medios a tiempo. Es que si hay un temporal, se actúe rápido. Es que si se cae una carretera, se arregle cuanto antes. Es que nadie se quede aislado. Eso también es lo público. Y eso también es prioridad.
Ahora bien. Vivimos en una sociedad donde no llegamos a todo. El dinero público no es infinito.
Y ahí es donde empieza el problema.
Porque no todo es igual de urgente. Y no todo es igual de importante. Hay cosas urgentes: una emergencia, una operación, una carretera cortada. Y hay cosas importantes, aunque no se vean tanto: el alcantarillado, el mantenimiento, la prevención, los servicios que evitan problemas futuros.
Lo urgente no puede esperar. Pero lo importante no se puede olvidar. Porque si solo atendemos lo que se ve, lo que luce, lo que genera titulares… acabamos pagando después lo que no hicimos a tiempo.
Y en medio de todo esto aparecen las decisiones.
Por ejemplo: un estadio que puede rondar los 200 millones de euros. Un concierto de un artista internacional que cuesta más de un millón. Eventos, fiestas, grandes espectáculos. ¿Son positivos? Sí. ¿Generan economía? También. ¿A la gente le gustan? Por supuesto. Todo eso puede tener sentido. Todo suma.
Pero la pregunta no es esa. La pregunta es otra: ¿esto es lo primero? Porque si invertimos mucho en unas cosas, no llegamos a otras.
Y mientras tanto, hay problemas muy reales: la vivienda, las listas de espera, los servicios que no llegan, lo cotidiano que falla. Y ahí es donde la gente se pierde. Porque la gente no analiza presupuestos. No entiende, ni quiere entender de competencias. La gente compara su vida con lo que ve.
Y cuando siente que lo suyo no se resuelve, pero hay dinero para otras cosas… se enfada.
Y ese enfado es peligroso. Porque aparece la tentación. Pensar que lo público no funciona. Que hay que recortar. Que hay que pagar menos impuestos. Y claro que eso engancha. Pero es una trampa.
Recortar lo público no soluciona el problema. Lo agrava. Porque sin lo público no habría estadios. Pero tampoco habría ambulancias, ni bomberos, ni carreteras, ni atención social.
Por eso, para mí, la clave es otra. No es estar a favor o en contra de nada. Es ordenar.
Ordenar qué es lo primero. Ordenar en qué gastamos antes. Ordenar lo urgente y lo importante.
Porque si no lo hacemos… llegan los problemas y los populistas, que animan al voto de castigo.
Por eso este debate es necesario. No para discutir. Sino para pensar. Para que cada uno se haga una pregunta muy sencilla: ¿qué es lo primero?
Porque al final, de eso va todo. De no perder el orden. De no olvidar lo esencial. Y de no olvidar algo muy básico: el dinero es limitado. pero las necesidades no.
Así que vuelvo al principio. ¿Cuál es tu lista de prioridades?