No sé qué tiene que pasar por dentro de una persona para llegar a pedir morir. Y creo que nadie lo sabe realmente. Por eso me cuesta tanto juzgar.
En estos días se ha hablado mucho del caso de Noelia, una chica joven, 25 años, que pidió la eutanasia. Y lo primero que me nace no es una opinión, es respeto. Respeto profundo. Porque cuando alguien llega a ese punto, no está tomando una decisión desde la comodidad, sino desde un lugar muy oscuro, muy difícil, muy límite.
Yo sí creo que la eutanasia es un derecho. Creo que una persona debería poder decidir sobre su propia vida cuando el sufrimiento es insoportable. Pero hay algo que me duele… y que siento que no estamos mirando lo suficiente: ¿Estamos haciendo todo lo posible para que la gente quiera vivir?
Porque hablar de una muerte digna está bien. Es necesario. Es justo. Pero igual de importante —o más— es hablar de una vida digna.
Una vida digna no es una vida perfecta. Es una vida donde una persona puede cubrir sus necesidades básicas, sentirse cuidada, acompañada y respetada. Donde tiene apoyos cuando los necesita. Donde, incluso en medio del dolor, encuentra algún motivo para seguir. Y con oportunidades reales de reconstruirse cuando todo se rompe.
Porque muchas veces, detrás del deseo de morir, no solo hay dolor físico o psicológico. Hay también soledad. Desprotección. Sentirse una carga. Sentirse fuera del mundo. Y eso… eso sí que nos interpela como sociedad.
Hace poco escuchaba a mi amigo Miguel Planas, un joven con tetraplejia. Una de esas situaciones que muchas personas, desde fuera, dicen: “yo así no querría vivir”. Y sin embargo, ahí está. Con ganas de VIVIR con mayúsculas. Reconstruyéndose. Dándole sentido a una vida que cambió por completo.
Porque Miguel no vive desde la resignación. Vive desde la curiosidad. Desde el humor. Desde esa forma tan suya de decirle sí a la vida. Miguel es una persona alegre, bromista, con proyectos, con inquietudes. De las que no se cierran. De las que quieren probar, experimentar, seguir. De las que, en lugar de rendirse, deciden intentarlo de nuevo.
Y eso, sin negar la dificultad, es una lección. Una de esas que no se dan con palabras, sino con la forma de estar en el mundo. Y en su testimonio hay algo que me atravesó especialmente. Él mismo reconoce que, en algunos momentos, se hizo esa pregunta incómoda: “¿Merece la pena seguir?”
Estamos hablando de alguien que ha estado ahí. En el borde. En el lugar donde muchas personas sienten que no hay salida. Y aun así… decidió quedarse. Pero no desde la fuerza heroica que a veces idealizamos. Sino desde algo mucho más humano: el acompañamiento, el proceso, el tiempo, los apoyos, el ir encontrando pequeños motivos para seguir.
Y ahí entendí algo importante. No todas las personas que sufren quieren morir. Y muchas de las que lo desean… quizás no quieren morir, sino dejar de sufrir. No es lo mismo.
Y ahí es donde creo que tenemos una responsabilidad enorme. No para decidir por nadie. No para imponer vida a quien no puede más. Pero sí para garantizar que, antes de llegar a ese punto, una persona tenga todo lo necesario para poder elegir vivir.
Porque elegir vivir también se aprende. Y también se sostiene. Elegir vivir para no tener que llegar a querer morir.
Porque la vida, cuando duele demasiado y además estás solo… se vuelve muy cuesta arriba. Y ahí el riesgo crece. Por eso las condiciones importan. Y mucho.
Es más fácil agarrarse a la vida cuando tienes cubiertas las necesidades básicas. Cuando tienes salud, o al menos cuidados. Cuando tienes una red con la que compartir, reír, llorar, sostenerte. Cuando tienes un trabajo digno o un proyecto que te haga levantar cada día. Cuando tienes algo —o alguien— que te espera. Cuando tienes un motivo, aunque sea pequeño. Cuando tienes un lugar en el mundo.
Cuando eso falta… la vida se complica. Y sostenerla se vuelve mucho más difícil. Y no todo el mundo tiene la misma fuerza, ni las mismas herramientas, ni la misma educación emocional, ni las mismas oportunidades para sostenerse. Y esto no es un fallo individual. Es también una responsabilidad colectiva.
En España, el suicidio es la primera causa de muerte no natural. Más de 4.000 personas al año. Más de 11 cada día. Y está creciendo entre la gente joven. En Canarias, además, está por encima de la media nacional. Detrás de cada número hay una historia. Una persona. Alguien que, en algún momento, no encontró lo suficiente para seguir.
Y lo digo también desde una experiecia muy cercana. Alguien a quien quise mucho decidió irse antes de tiempo. Y solo me sale respeto. Pero también me queda una pregunta que duele: ¿Y si hubiera tenido acceso a un servicio especializado que acompañe de verdad a quien está diciendo “no puedo más”? Quizás habría encontrado herramientas, apoyo, tiempo… lo suficiente para atravesar ese momento. Lo suficiente para volver a enamorarse de la vida.
Porque creo de verdad que podemos hacer mucho más. No solo para sostener a quien sufre. También a las familias. A las personas cercanas que muchas veces se sienten perdidas, impotentes, sin saber cómo ayudar. Y que, además, cargan después con una culpa silenciosa que no les corresponde.
Por eso, más allá del debate sobre la eutanasia, que es legítimo y necesario, hay otro debate que no podemos seguir evitando: ¿Qué estamos haciendo para que la vida merezca la pena? ¿Qué condiciones estamos creando? ¿Qué redes estamos sosteniendo? ¿Qué cuidados estamos garantizando? ¿Qué recursos reales estamos poniendo al alcance de quien no puede más?
Porque la dignidad no debería aparecer solo al final. La dignidad debería estar presente durante toda la vida. Porque la vida es un regalo. Breve. Imprevisible. Y profundamente valioso.
Y sí, puede ser respetable que alguien, en un momento extremo, quiera marcharse. Pero también debería ser una prioridad colectiva que nadie quiera irse antes de tiempo por sentirse solo, roto o sin salida.
Quizás de eso se trata: de poner en valor la vida. Como hace Miguel Planas. Como hacen tantas personas que, incluso en circunstancias difíciles, deciden quedarse.