Mucha gente no vota por convicción, sino por cansancio. Por enfado. Por la sensación de que el sistema no funciona. El problema es que, a veces, ese voto termina empeorando la vida de quienes más lo necesitan. Por eso conviene pararse un momento y preguntarse si el remedio puede acabar siendo peor que la enfermedad.
Por ejemplo, cada vez más personas jóvenes y trabajadoras apoyan a VOX sin ser plenamente conscientes de lo que implicarían muchas de sus propuestas en la vida cotidiana: salarios y pensiones más bajas, privatización de la sanidad, la educación y la atención a la dependencia, y una reducción drástica de la administración pública y de los derechos humanos.
Medidas que afectan directamente a quienes viven de su trabajo. A quienes necesitan servicios públicos para cuidar a sus mayores, educar a sus hijos o recibir atención sanitaria cuando la necesitan.
Y, aun así, ese apoyo crece. No porque la gente sea ignorante ni fácilmente manipulable. Crece porque el cansancio es profundo. Porque muchas personas sienten que nadie las escucha, que el sistema no responde, que trabajen lo que trabajen siempre van un paso por detrás. Cuando la frustración se acumula, el enfado acaba pesando más que los programas electorales. Y en ese clima, cualquier mensaje que prometa romper con “todo lo anterior” es bien recibido.
Durante años nos repitieron una promesa sencilla: si estudias, si trabajas duro, si cumples las normas, podrás construir una vida digna. Hoy esa promesa está rota. Trabajar ya no garantiza llegar a fin de mes. Mil euros no dan para vivir. El alquiler se come el sueldo. Comprar una vivienda es casi imposible. La comida está carísima. Los suministros, cualquier desayuno o comida fuera de casa,... todo suma y aprieta. Y si tienes hijos, animales o personas a tu cargo, el ahogo se vuelve constante.
Los precios suben. Los salarios no acompañan. El futuro se oscurece. Esto genera una sensación muy concreta: la de estar bajando escalones. Vivir peor que nuestros padres, a pesar de esforzarnos más. Sentir que el ascensor social se ha estropeado. En psicología política lo llaman pérdida de estatus o movilidad social descendente. En la vida real se traduce en frustración, en enfado y en una pregunta que duele: ¿para qué sirve tanto esfuerzo si no me lleva a ningún sitio?
No hace tanto, la mayoría podía construir un proyecto de vida estable. Con un sueldo normal se podía sacar adelante una familia y dar estudios a los hijos, pagar una hipoteca, ahorrar algo, viajar de vez en cuando. No era riqueza, era estabilidad. Daba seguridad. Daba horizonte. Hoy ese modelo prácticamente ha desaparecido para una gran parte de la población.
Por eso surge la nostalgia. No tanto política como vital. El deseo de volver a una época en la que la vida parecía más previsible y menos angustiosa. De ahí también frases como “antes se vivía mejor”, incluso idealizando etapas que nadie querría repetir en términos de libertades. Muchos jóvenes que hoy pronuncian esas frases no soportarían ni una mínima parte de lo que suponía vivir sin derechos ni libertades. Echan de menos la seguridad económica, la estabilidad, la sensación de que el esfuerzo tenía recompensa.
Cuando la vida asusta, el enfado busca culpables. Y ahí entran los discursos simples y directos: “alguien te está quitando lo que es tuyo”, “alguien vive mejor a tu costa”. El problema ya no es un sistema económico complejo, sino: los migrantes, los funcionarios, lo público, los impuestos. Se señala fuera lo que duele dentro. No por maldad, sino por agotamiento. Porque cuando todo aprieta, se necesitan explicaciones rápidas.
No se trata de despreciar ni insultar a quienes votan a la ultraderecha. Al contrario. Para entender este fenómeno hay que dejar de tratarlos como tontos o fanáticos.
La mayoría, es cierto, no se ha leído ningún programa electoral y se quedan con dos o tres ideas que conectan directamente con su enfado: seguridad, identidad, rechazo a lo que sienten injusto. Pero es que votan desde el hartazgo, no desde un análisis sereno de las consecuencias.
Y muchas veces no son conscientes, o no del todo, de que buena parte de esas medidas acabarían perjudicándoles directamente. Reducir lo público significa, entre otras cosas, sanidad solo para quien pueda pagarla. Quien no tenga seguro privado, ahorros o una red fuerte detrás, lo tendrá mucho más difícil. Justo quienes hoy viven con más incertidumbre.
Las redes sociales han acelerado todo esto. No informan: impactan. No explican: simplifican. El bulo corre más que el dato. La mentira entra mejor si confirma lo que ya sientes. Y cuando se vive con ansiedad económica, miedo al futuro y poco tiempo para pensar, el pensamiento crítico se resiente. Pensar necesita calma, formación y tiempo. Justo lo que más escasea.
Aquí hay también una responsabilidad del sistema económico y político. Durante años interesó una ciudadanía poco crítica, más centrada en sobrevivir que en comprender. Una persona agotada, endeudada y preocupada por llegar a fin de mes no cuestiona el modelo: solo busca alivio.
A esto se suma otro factor decisivo: la mediocridad política. Décadas de mala gestión, decisiones tardías, cargos por afinidad y no por capacidad, y corrupción repetida en todos los colores. Mientras la vida era más o menos llevadera, todo eso se toleraba. Hoy, con cada mes convertido en una lucha, ya no.
Cuando la situación personal o familiar se vuelve frágil, ver incompetencia y negligencia en quienes gobiernan no es solo un fallo técnico: es una herida moral. La mala gestión de la vivienda, de las crisis sociales o de las catástrofes rompe algo profundo. Ahí se pierde la confianza del todo.
Quizá por eso votar contra uno mismo no sea una decisión racional, sino un grito. Un grito de cansancio, de enfado y de miedo al futuro.
Pero los gritos no construyen futuro si nos llevan a perder derechos, servicios públicos y protección colectiva.
Porque si hoy ya cuesta vivir, retroceder en lo común no traerá alivio, sino más desigualdad, más pobreza y más fragilidad.
Entender el enfado es imprescindible; convertirlo en una salida que nos cuide, también.