El otro día leí una frase que escuchamos muy a menudo: “Tenemos los políticos que nos merecemos.” Y me quedé pensando en ella. Se dice como quien se encoge de hombros, como si lo que está pasando fuera inevitable y no hubiera nada que hacer. Como si la culpa fuera nuestra por completo. Y no estoy de acuerdo, no es así. Esa frase es cómoda, pero también peligrosa, porque nos inmoviliza: nos hace creer que nada puede cambiar, que todo está dado, que solo nos queda aguantar. Y no es verdad.
Porque en España no elegimos directamente a las personas que nos representan: votamos partidos, votamos listas cerradas. Son las cúpulas de todos los partidos, no la ciudadanía, las que deciden quién entra, quién sale y quién se perpetúa.
Por eso existe una figura que se repite en casi todas las instituciones públicas: el político o la política profesional, personas que llevan veinte o treinta años rotando de un cargo a otro —de una concejalía a una dirección general, de un ayuntamiento a un cabildo, de una gerencia a un escaño en el parlamento— sin que su gestión sea evaluada jamás de forma real. Da igual si lo hacen bien o mal: pueden terminar una legislatura sin aportar nada y, aun así, el partido decide mantenerlos o incluso premiarlos con un nuevo puesto. Porque lo que se valora no es ni su capacidad ni la calidad de su gestión, sino la obediencia interna. La fidelidad al partido es el mérito.
El caso del actual director del Servicio Canario de la Salud lo ilustra con claridad. Adasat Goya González es economista y estuvo años vinculado al sector de la estiba portuaria —primero como estibador y después como coordinador de la terminal de contenedores en el puerto de Santa Cruz de Tenerife— antes de pasar a la gerencia del Hospital Universitario de Canarias y, posteriormente, a dirigir el sistema sanitario público de toda Canarias. No es el perfil natural, ni el que tiene más talento, ni el más adecuado para una responsabilidad tan compleja y delicada, que exigiría experiencia sólida en gestión sanitaria y conocimiento profundo del sistema y de sus profesionales. Pero en este caso, el mérito decisivo no fue la preparación: fue su pertenencia a Coalición Canaria.
Y lo más grave no es solo la falta de idoneidad. Lo realmente grave es que Goya cometió un error enorme, hizo públicos datos confidenciales del historial médico de un diputado durante una comparecencia parlamentaria. En cualquier democracia saludable, un hecho así implicaría dimisión inmediata o cese fulminante. Sin embargo, no dimitió y su partido no lo destituyó. Porque aquí asumir un error se interpreta como debilidad, y así la ética acaba relegada a un segundo plano, esperando un momento mejor que nunca llega.
A esto se suma otra cuestión profunda: la obediencia del representante a su partido por encima de la ciudadanía. Un ejemplo, hace unos meses, el diputado del Partido Popular, Carlos Sánchez, elegido por la provincia de Las Palmas al Congreso de los Diputados, defendió votar en contra del reparto solidario de menores migrantes entre comunidades autónomas. Cuando se le preguntó cómo justificaba apoyar algo que afecta negativamente a Canarias, respondió: “Me debo a mi partido.”
Me escandalicé, porque eso es exactamente lo contrario del sentido de la representación democrática. Un diputado no se debe a un partido. Se debe a su tierra. A su electorado. A su conciencia.
Muchas veces se llama tránsfuga a quien se mantiene fiel a su palabra, a su compromiso con la ciudadanía, al programa electoral o a su conciencia. Pero si lo pensamos con calma, el verdadero tránsfuga es quien traiciona a la ciudadanía para obedecer al partido. Un ejemplo cercano: en Valsequillo, el PSOE local decidió apoyar una moción de censura porque entendía que era lo mejor para su municipio. Sin embargo, el partido a nivel insular se lo prohibió, porque defendía otros intereses. ¿Quién traiciona a quién ahí? ¿Las personas que priorizan el bienestar de su pueblo o las que anteponen su estrategia interna a la voluntad democrática local?
Si lo comparamos con otros sistemas, la diferencia se ve aún más clara. En el modelo británico, por ejemplo, un diputado se debe primero a su circunscripción, al territorio que lo elige. Su cargo depende de la confianza de sus vecinos, no de la obediencia a su partido. Si no defiende los intereses de su comunidad, puede ser apartado por quienes le votaron. Allí, la pregunta que guía cada decisión no es “¿qué dice mi partido?”, sino: “¿qué necesita mi gente?” Esa es la esencia de la representación. Y es justo eso lo que aquí hemos perdido.
Te podría poner muchísimos ejemplos más, y de todos los partidos. No son casos aislados. Por eso insisto. No, no tenemos los políticos que nos merecemos.
Sí, existen políticos decentes, sensibles, preparados y con vocación de servicio. Pero son los menos, y demasiadas veces se ven obligados a callar para poder permanecer. Porque para sobrevivir dentro de un partido, hay que tragar. Hay que pasar desapercibido. Hay que renunciar a la crítica, incluso cuando la crítica es un acto de responsabilidad. La cultura política dominante confunde lealtad con sumisión, y coherencia con traición.
La representación política debería ser un vínculo entre una persona y la comunidad a la que representa. Hoy, es un vínculo entre una persona y la cúpula de su partido.
Por otro lado, la vida pública se llena de ruido: insultos, confrontación, bulos lanzados como piedras. Los discursos parecen guiones de marketing diseñados para ganar minutos de atención, no para resolver problemas reales. Eso no nos representa. Eso nos ofende. Porque la ciudadanía común sabe dialogar y escuchar. La política, en cambio, ha dejado de parecerse a la sociedad a la que dice representar.
Y cuando la ciudadanía intenta participar de forma directa, la puerta vuelve a cerrarse. Hace unas semanas, una Iniciativa Legislativa Popular reunió más de 700.000 firmas para debatir el apoyo público a las corridas de toros. Un esfuerzo democrático enorme, respetuoso y transparente. ¿Y qué hicieron los partidos mayoritarios? Decidieron que ni siquiera se debatiera en el Parlamento. No hubo discusión, no hubo contraste, no hubo escucha. La participación ciudadana se quedó en papel mojado. Y el mensaje fue claro: “Gracias por su esfuerzo, pero aquí decidimos nosotros.”
Para terminar me gustaría compartir contigo unas preguntas. Simples, directas, necesarias: ¿Esta democracia nos representa? ¿Podemos participar de verdad, o solo cada cuatro años votando listas cerradas? Queremos elegir personas, pero… ¿podemos hacerlo? ¿Quién rinde cuentas a quién?
Quizá no tengamos todas las respuestas. Pero es hora de dejar de repetir frases hechas. Porque cuando una sociedad empieza a hacerse preguntas de verdad —aunque sea en voz baja— ya está empezando a cambiar algo.
Y es que a veces, la política se parece demasiado al circo: personas obligadas a sonreír, aunque por dentro sepan que lo que está pasando no tiene ninguna gracia.
Pero hay algo que debería preocuparnos más: el público ha dejado de reír. Y cuando esto ocurre...