Hay días en los que no pasa nada… y, aun así, algo dentro de ti se remueve. A veces no es lo que te dicen… es lo que te toca por dentro. No reaccionas así por casualidad, reaccionas así por historia.

Hay palabras que no duelen por lo que son, sino por lo que despiertan. Y cuando algo pequeño te duele demasiado… quizá es que no es tan pequeño.

Esto es lo que estoy aprendiendo con Nereida Gil Cubas, en la Finca Ecuestre Essential, en Arucas, un lugar donde vas a vivir experiencias que, si te dejas, te colocan por dentro.

Ella lo explica de una forma muy clara: todos tenemos heridas. Algunas están más calmadas, otras casi ni se han abierto… y otras siguen ahí, esperando a que alguien, sin querer, las toque. Y cuando eso pasa, no reaccionas solo a lo que ocurre… reaccionas a lo que ya dolía.

Hay algo muy personal en todo esto. Para mí ha sido uno de los mayores descubrimientos que he hecho en mucho tiempo. Porque cuando empiezas a entender lo de las cinco heridas y te das cuenta de que tú también las has tenido —y que algunas siguen ahí—, algo encaja.

Es como decir: “ah… vale, era esto”. De repente, muchas cosas que no entendías empiezan a tener sentido. Reacciones, miedos, formas de relacionarte… No es que estés mal, no es que seas raro. Es que había una herida ahí, actuando en silencio.

Y quizá lo más útil no es solo saber que existen… sino poder ponerles nombre. Porque cuando algo tiene nombre, empieza a dejar de ser un caos. Empieza a ser comprensible. Y, desde ahí, es mucho más fácil de cuidar.

El rechazo aparece cuando sientes que no encajas, que molestas, que nunca es suficiente. Y entonces te escondes, te haces pequeño, intentas no llamar la atención. Como si ocupar tu lugar fuera demasiado. Sanar esta herida no va de gustarle a todo el mundo, sino de algo más sencillo y más valiente: permitirte ser, sin pedir permiso.

El abandono es ese miedo silencioso a que te dejen, a no ser importante. Te empuja a buscar fuera lo que necesitas dentro, a depender, a aguantar de más por no perder. Pero eso cansa. Y mucho. Sanar aquí tiene que ver con aprender a sostenerte, con construir una seguridad que no dependa siempre de otros.

La humillación tiene que ver con la vergüenza, con sentir que hay algo en ti que no está bien. Te adaptas, te callas, te haces pequeño para no incomodar. Es la herida de quien pide perdón incluso sin haber hecho nada. Y sanarla pasa por reconocerte, por darte valor, por dejar de tratarte como si fueras menos.

La traición deja desconfianza. Cuesta creer, cuesta abrirse, cuesta relajarse. Entonces controlas, vigilas, te proteges. Todo tiene que estar bajo control para no volver a romperte. Pero vivir así desgasta. Sanar no es volverte ingenuo, es aprender a confiar sin dejar de cuidarte.

Y la injusticia es esa dureza constante, esa exigencia que no descansa. Personas fuertes, responsables… pero muchas veces demasiado duras consigo mismas. Aquí la herida no grita, aprieta. Y sanarla tiene que ver con soltar, con permitirte fallar, con elegir la paz por encima de la perfección.

Lo importante de todo esto es entender que ninguna de estas heridas es un error. Son formas de sobrevivir. Lo que pasa es que, si no las miras, se repiten. Cambian las personas, cambian las situaciones… pero la sensación es la misma. Y acabas viviendo en un bucle que no entiendes del todo.

Por eso no basta con leer sobre esto. Hay cosas que solo cambian cuando te paras, cuando te observas, cuando te das cuenta de qué te pasa y qué haces con eso. Y ahí es donde espacios como los que propone Nereida tienen sentido. No como una solución mágica, sino como un lugar donde mirarte sin ruido, sin juicio, con calma.

Además, hacerlo con caballos añade algo muy especial. Porque no interpretan ni juzgan. Responden a lo que hay. Y eso, aunque parezca simple, es muy revelador. Te ves. Sin adornos. Sin excusas.

Te recomiendo encarecidamente que pruebes a participar en estos talleres. Más que “trabajarte”, se trata de vivir la experiencia. Nereida es una profesional muy buena y, además, una persona de esas que transmiten calma y verdad. El contacto con los caballos tiene algo difícil de explicar, casi mágico, y el hecho de hacerlo con un grupo de personas y dentro de un proceso que dura varias semanas, lo convierte en algo mucho más profundo y enriquecedor.

Si sientes que algo de todo esto te resuena, infórmate, acércate, pruébalo. A veces no hace falta entenderlo todo para dar el paso.

Y sí, tu vida puede cambiar… para mejor.