La vaca no da leche

O, mejor dicho, no da la leche sola.

Para que la leche llegue a nuestra mesa han tenido que pasar antes muchas cosas que casi nunca vemos. Alguien ha cuidado de esa vaca, la ha alimentado bien, ha respetado sus tiempos, sus necesidades, ha mantenido limpio el lugar donde duerme. Alguien se ha levantado temprano, ha preparado todo para ordeñarla, ha trabajado con constancia incluso cuando no apetecía.

La leche no aparece por arte de magia. Es el resultado de un esfuerzo previo, discreto y continuado. De cuidados que no hacen ruido.

Con los productos del campo ocurre exactamente lo mismo. No nacen en las estanterías del supermercado. Antes hubo tierra preparada, agua bien gestionada, semillas, abono, manos, paciencia y decisiones tomadas a tiempo. Antes hubo personas que apostaron por producir algo bueno, aunque no fuera lo más cómodo ni lo más rápido.

Y con la vida, con la sociedad y con lo público, pasa igual.

Nada verdaderamente importante llega solo.

Ni los caminos personales que elegimos.

Ni los servicios que usamos cada día.

Ni la calidad de la sociedad en la que vivimos.

Queremos una sanidad fuerte, pero esa sanidad no se sostiene sin inversión, planificación y profesionales cuidados. No se sostiene si solo la recordamos cuando nos hace falta. Y es fácil criticar cuando el médico se retrasa un minuto, sin mirar el esfuerzo enorme —humano y económico— que hay detrás para que la atención sea de calidad cada día.

Queremos educación de calidad, pero eso exige recursos, tiempo, estabilidad, profesorado valorado y familias implicadas. Educar no es solo aprobar; es formar personas críticas, responsables y empáticas.

Queremos derechos, pero los derechos no se mantienen solos. Se defienden incluso cuando no nos afectan directamente. Cuando entendemos que cuidar al otro es, en realidad, cuidarnos.

Queremos convivencia, pero la convivencia se construye en lo cotidiano: respetando normas básicas, escuchando, no insultando, no humillando, no deshumanizando a quien piensa distinto.

Y luego están esas cosas sencillas y fundamentales que damos por hechas.

Queremos transporte público que funcione, pero eso también requiere financiación, planificación y uso responsable.

Queremos agua en el grifo, pero alguien tiene que gestionar todo el proceso, proteger los recursos y mantener las infraestructuras.

Queremos luz en casa y en las calles, pero eso depende de decisiones energéticas responsables y de un consumo consciente.

Muchas veces nos quejamos de lo que recibimos —de que todo va mal, de que nada funciona, de que la política es un desastre— sin detenernos a mirar qué estamos aportando nosotros. Es fácil señalar solo a los políticos y, al mismo tiempo, aplaudir cuando se invierte más en fiestas, eventos o estadios que en sanidad, educación o cuidados. Al final, las prioridades no aparecen solas: se eligen. Y se sostienen entre todos.

Además, solemos darnos cuenta del valor de las cosas cuando ya no están o cuando empiezan a fallar. No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Hasta que falta la cita médica, hasta que se cae el sistema, hasta que lo público deja de responder. Y entonces echamos de menos aquello que creíamos garantizado.

Olvidamos que los resultados no llueven del cielo: se construyen con decisiones pequeñas, repetidas y coherentes.

También con el voto. Porque votar no es pedir un deseo. Es asumir una responsabilidad. Es elegir quién cuida la vaca, quién gestiona la tierra y quién decide cómo se reparte lo común… y a costa de quién.

Si queremos resultados distintos, tendremos que empezar a hacer cosas distintas.

En lo personal. En lo colectivo. En cómo vivimos, cómo consumimos, cómo participamos y cómo elegimos.

La vaca tampoco da leche sin impuestos: sin ese esfuerzo compartido que hace posible lo público y sostiene lo que usamos cada día.

Porque pagar impuestos no es perder dinero. Es invertir en la vida en común. En los cuidados que luego echamos tanto de menos cuando fallan.

No vivimos de milagros. Vivimos de elecciones.

Y al final, la pregunta no es qué nos da la vida, sino qué estamos dispuestos a cuidar —y a priorizar de verdad— para que la vida, y la sociedad, puedan seguir dándonos algo bueno.