La trampa

Durante años, una parte enorme del pueblo venezolano soñó con que se respetara el resultado electoral que Maduro no respetó. Con que acabara la corrupción y la represión. Con que bajara la inflación. Con que la vida dejara de ser una carrera diaria de supervivencia.

Por eso es comprensible la emoción, incluso la alegría, cuando apareció Donald Trump como el hombre que “por fin” sacaba a Maduro del poder. Para la oposición venezolana, para el exilio, para muchas personas demócratas dentro y fuera de América Latina, aquello sonó a liberación. A punto final. A cambio real.

Pero su gozo en un pozo. Porque lo que estamos viendo no es una transición democrática. Es una trampa. Y no una trampa sofisticada ni especialmente inteligente. Una de las de siempre: con el queso bien visible y el mecanismo preparado para caer. El queso era la democracia. La trampa, el petróleo.  

Maduro era un dictador. Corrupto. Sostenido por un aparato represivo. Apoyado durante años por Rusia, China y Cuba no por afinidad moral, sino por intereses económicos y geoestratégicos, especialmente energéticos. La población venezolana ha pagado ese precio con precariedad, exilio, miedo y pérdida de derechos.

Pero lo inquietante empieza ahora. Cuando Maduro cae y el sistema no cae. La cúpula chavista sigue intacta. Las estructuras de control siguen funcionando. La lógica del poder no se toca. Lo único que cambia es quién manda desde fuera. Venezuela no necesitaba cambiar de amo. Necesitaba cambiar de sistema.

Estados Unidos, y Trump sin disimulo, no habla de soberanía venezolana ni de autodeterminación. Habla de control. De tutela. De gobernar. De asegurar recursos estratégicos, de petróleo, y de recuperar influencia en toda Latinoamérica.

No es casual. Su discurso encaja perfectamente con una visión vieja, peligrosa y conocida: la idea de que América Latina es un espacio de influencia natural de Estados Unidos. Esa es la Doctrina Monroe, que muchos creían enterrada, y que vuelve a asomar con un aire imperial que no se molesta en guardar las formas.

¿Por qué no una democracia real? Aquí está una de las claves más incómodas de todo este proceso.

A Trump no le interesa una Venezuela plenamente democrática. Un gobierno legítimo, con respaldo popular real y con instituciones fuertes, no aceptaría que otro país gobierne su territorio ni decida sobre sus recursos. No aceptaría que le impongan condiciones desde fuera. Miraría, antes que nada, por los intereses de su gente.

En cambio, un sistema débil, corrupto y tutelado es mucho más manejable. Por eso no sorprende que figuras del propio entramado chavista sigan ocupando el gobierno. Por eso la oposición democrática queda arrinconada. Por eso la llamada “transición” se parece más a un reparto de poder entre élites que a una reconstrucción democrática al servicio del pueblo venezolano.

Es humano que un pueblo agotado se aferre a cualquier esperanza. Venezuela lleva demasiado tiempo viviendo en condiciones inaceptables. Nadie debería juzgar esa ilusión inicial. Pero todo apunta a que la decepción será profunda. Porque cuando la gente espere mejoras reales, libertad, dignidad, elecciones, futuro… descubrirá que el queso no era para ellos. Y entonces la trampa caerá.

No caerá sobre Trump. No caerá sobre las grandes potencias. Caerá, otra vez, sobre la población.

Existe incluso el riesgo de que la situación empeore: Desde que haya una guerra civil, que visto lo visto, no está descartada, hasta más dependencia externa, menos soberanía, más frustración social y un derecho internacional reducido a “papel mojado”.

Y por eso el problema ya no es solo Venezuela. Si el derecho internacional no sirve para frenar dictaduras, pero tampoco sirve para frenar abusos imperialistas, apropiaciones de recursos o imposiciones por la fuerza, entonces tenemos un problema muy serio como comunidad global.

Porque el mensaje es claro: no importan los derechos, no importa la democracia, no importa el pueblo.

Importa quién tiene más poder. Eso no es orden internacional. Es la ley del matón.

Quizá el error fue pensar que Trump iba a liberar al pueblo. Quizá fue confundir fuerza con justicia, interés con democracia. Porque al final, lo que parecía una oportunidad era solo un cebo.
Y cuando el pueblo venezolano fue a morderlo, la trampa se cerró.

Trump y trampa se parecen más de lo que muchos quisieron ver. No solo en las letras, sino en la lógica: el fuerte impone, el débil paga.

Mientras unos aplauden y otros se alarman, el mundo va tomando nota. Porque cuando nadie pone límites al abuso de poder, el mensaje se extiende. Hoy son Venezuela y Ucrania, ayer fue Gaza, mañana puede ser cualquier otro lugar y cualquier otro abusador.

El derecho internacional se vuelve ceniza, las normas se diluyen y la paz queda a merced del más fuerte. Y entonces todo encaja: el queso nunca fue la democracia para el pueblo, sino el señuelo. La trampa era el petróleo, el control, la influencia.

Y cuando se normaliza la trampa, el mundo entero corre el riesgo de caer en ella.