La gota que colma el planeta

Una decisión tomada en un despacho puede terminar afectando a todo el planeta: a la economía, a la política internacional y, sobre todo, a la vida de las personas.

A veces la historia cambia por algo que parece pequeño. Como una gota que cae en el agua. Al principio apenas se nota. Un pequeño impacto. Un círculo que empieza a abrirse. Pero enseguida aparecen las ondas que se expanden, se alejan, crecen… hasta alcanzar lugares que parecían muy lejos del punto donde cayó la gota.

Así funcionan también las guerras. Se deciden lejos, en despachos con moqueta, entre discursos solemnes y palabras que intentan justificar lo injustificable. Quien toma esas decisiones rara vez pisa la tierra que quema. No ve las casas derrumbadas. No escucha a las madres que gritan. No paga el precio de su destrucción. Mandar bombas sobre ciudades se llama “decisión estratégica”. Pero es violencia. Y muchas veces también intereses.

Las guerras siempre se presentan envueltas en palabras nobles: paz, seguridad, democracia, libertad.

Pero ninguna guerra tiene la honestidad de decir la verdad: “vamos a matar para robar” (Eduardo Galeano). Porque la guerra no solo destruye ciudades. También destruye verdades.

Hoy estamos viendo cómo una decisión unilateral puede empujar al mundo hacia una escalada peligrosa. Nadie está defendiendo al régimen de Irán. Es un régimen autoritario, represivo y profundamente injusto. Pero una cosa es denunciar una dictadura y otra muy distinta justificar una guerra ilegal.

Y más aún una guerra que ni siquiera se ha consultado con los aliados. El presidente de Estados Unidos se enfada con países como España por no apoyar esa decisión… cuando ni siquiera se ha molestado en levantar el teléfono antes. Ni una consulta. Ni un mínimo respeto a las normas, a los acuerdos internacionales. Simplemente decide actuar… y después exige obediencia.

Eso no es una alianza. Eso es una relación en la que uno decide y los demás solo obedecen. Por eso me siento orgulloso cuando nuestro país, aunque sea más pequeño o menos poderoso militarmente, defiende algo tan básico como la legalidad internacional.

Decir no a esta guerra no es defender al régimen iraní. Es defender algo mucho más simple: que el mundo no puede funcionar según el capricho de quien tiene más poder militar. Porque si esa lógica se impone, entonces el derecho internacional deja de tener sentido.

¿Para qué sirve la ONU? ¿Para qué sirven las reglas que se construyeron después de dos guerras mundiales? La Unión Europea nació precisamente para sustituir la lógica del conflicto por la lógica de las reglas. Si renunciamos a eso, volvemos a la ley del más fuerte.

Pero las guerras no solo provocan muerte y destrucción. La guerra en Oriente Medio no se queda en Oriente Medio. Sus ondas recorren el planeta. Sube el precio de la energía. Sube el coste de los alimentos. Aumenta la inflación. Las economías se resienten. Las sociedades se vuelven más frágiles.

Además, nadie puede asegurar que estas escaladas no terminen fuera de control. La historia está llena de guerras que empezaron como conflictos “limitados” y acabaron arrastrando a medio mundo.

Por eso ahora más que nunca hace falta algo que parece débil pero que en realidad es lo más fuerte que existe en política internacional: la diplomacia. Hablar. Negociar. Buscar salidas.

Porque la guerra siempre oculta sus verdaderas razones. No se trata de llevar democracia a Irán.

Eso es probablemente lo que menos importa. Para Israel se trata de debilitar a un enemigo histórico y asegurar su hegemonía en la región. Para Estados Unidos, como tantas veces en la historia reciente, también hay intereses estratégicos, energéticos y geopolíticos.

La democracia rara vez ha sido el resultado final de esas guerras. La historia reciente está llena de guerras que prometieron libertad y dejaron caos.

Y en medio de todo esto sorprende escuchar a quienes, desde la política española, PP y VOX, sostienen que lo prudente es no contrariar a Estados Unidos. Que lo responsable es obedecer, apoyar y no molestar. Como si ser aliado significara decir siempre que sí. 

Como cuando en el colegio aparece el matón que te quita el bocadillo, te empuja o te humilla, y alguien te aconseja: mejor no le lleves la contraria, no vaya a ser que se enfade más. Pero la experiencia nos ha enseñado justamente lo contrario: al matón no se le frena obedeciendo, se le frena poniéndole límites.

Porque una alianza entre países no puede basarse en el miedo a disgustar al más poderoso. Una alianza debe basarse en el respeto mutuo, en la cooperación y en la defensa de unas reglas comunes.

Defender que España debe seguir a cualquier presidente estadounidense haga lo que haga —aunque decida iniciar una guerra unilateral y peligrosa— recuerda demasiado a cuando se nos arrastró a la guerra de Irak.

También entonces se habló de lealtad y responsabilidad. Y lo que obtuvimos fue una guerra ilegal, atentados, miles de muertos y una herida que todavía sigue abierta.

Al final todas las guerras acaban mostrando lo mismo: que la humanidad ha fracasado un poco más en su intento de resolver los conflictos sin violencia.

Hoy ya hay demasiadas guerras abiertas en el mundo: Ucrania, Gaza y tantos otros lugares donde la violencia se impone.  Seguir alimentando la escalada militar solo nos acerca a más dolor, más miedo y más destrucción.

Quizá haya que posicionarse con claridad: no a la guerra. No a seguir invirtiendo en matarnos mientras faltan recursos para cuidar a las personas y al planeta que compartimos.

Y es que algo profundamente equivocado ocurre cuando resulta más fácil financiar armas que proteger la vida.