Humanidad

Tengo la sensación de que el mundo se está endureciendo demasiado. Y no me refiero solo a las guerras o a la política internacional. Hablo de cómo nos estamos relacionando entre nosotros y con la vida.

Vivimos en una época donde parece que todo gira cada vez más alrededor del “primero lo mío”. 

Y claro que es lógico cuidar y proteger lo nuestro. El problema empieza cuando el miedo termina organizando nuestra forma de mirar al mundo. Miedo al extranjero pobre. Miedo a perder bienestar. Miedo a los problemas. Miedo a correr riesgos.

Y desde ese miedo empezamos a levantar muros. Lo estamos viendo estos días con las personas contagiadas del barco que nadie quiere. “Que no vengan aquí”. “Que los lleven a otro lado”.

Por supuesto que no se trata que Canarias cargue siempre con todo mientras otros no asumen nada. Lo ideal es repartir responsabilidades y apoyarnos entre todos cuando llegan problemas importantes. 

Exigir garantías, protocolos claros y medidas de seguridad es lo suyo, sobre todo cuando también ha habido dudas y mensajes confusos por parte de la OMS y el gobierno de España.

Pero aun así creo que todo esto también está dejando ver lo poco dispuestos que estamos muchas veces a asumir problemas o incomodidades cuando nos afectan directamente. Porque una cosa es pedir seguridad y otra muy distinta es instalarse directamente en el “aquí no”. Ahí hablamos de miedo y de esa tendencia creciente a pensar que los problemas deben resolverlos siempre otros.

Queremos ayuda cuando tenemos problemas, pero nos cuesta muchísimo asumir cargas cuando el problema lo tienen otras personas. 

Y además hay algo profundamente incoherente en todo esto. Nos quejamos cuando algunos partidos hablan de “prioridad nacional”, pero a veces nosotros mismos terminamos cayendo en esa misma lógica: primero los nuestros y que el resto se busque la vida.

Nosotros vivimos en unas islas tremendamente dependientes del exterior. Dependemos de barcos y aviones. Alimentos, combustible, medicamentos y muchísimas cosas más vienen de fuera. Imaginemos por un momento un problema serio de abastecimiento y que otros territorios decidieran actuar igual: “primero los nuestros”. Canarias tendría un problema gravísimo en muy pocos días.

Porque a veces olvidamos algo básico: todas las personas y todos los pueblos somos mucho más vulnerables e interdependientes de lo que creemos.

Y mientras tanto, el mundo se rompe a pedazos delante de nosotros. Vemos guerras retransmitidas casi como entretenimiento. Personas huyendo del hambre o de las bombas mientras seguimos deslizando el dedo por el móvil. Nos acostumbramos demasiado rápido al sufrimiento ajeno. Y eso da miedo. Porque cuando una sociedad empieza a normalizar la indiferencia, algo importante se deteriora por dentro.

También aquí, en lo pequeño, están pasando cosas. Relaciones más frágiles. Conversaciones más rápidas. Menos paciencia. Menos escucha. Personas jóvenes saturadas emocionalmente. Personas mayores sintiéndose solas. Familias compartiendo mesa mientras cada miembro mira una pantalla distinta. Parejas que hablan poco y discuten mucho. Amistades cada vez más superficiales o más difíciles de mantener.

Y no creo que toda la culpa sea de la tecnología ni de la inteligencia artificial. El problema aparece cuando empezamos a sustituir demasiado el contacto humano por la comodidad tecnológica. Cuando dejamos de conversar. Cuando buscamos en una pantalla respuestas que antes encontrábamos hablando con amistades, con la familia o con la pareja.

Todo está cambiando demasiado rápido. Hay incertidumbre. Hay ansiedad. Hay miedo. Personas que sienten que el mundo avanza a una velocidad imposible mientras ellas intentan simplemente sobrevivir emocionalmente.

También están cambiando cosas fundamentales que antes parecían seguras. Tener una vivienda digna, por ejemplo. Cada vez más personas sienten que no pueden construir un proyecto de vida estable. Jóvenes que no pueden emanciparse. Familias ahogadas por alquileres imposibles. Personas trabajando y aun así viviendo con angustia constante.

A veces incluso parece que el futuro pertenece más a las máquinas que a las personas. La inteligencia artificial hará muchísimas cosas mejor y más rápido que nosotros. Y eso obliga a preguntarnos algo importante: ¿qué lugar ocupará entonces el ser humano?

Yo creo que precisamente ahí es donde la humanidad se vuelve todavía más importante. Porque seguimos necesitando abrazos, conversación, compañía, afecto, cuidados, escucha y vínculos reales para no sentirnos solos. Y es que el problema de la soledad se está convirtiendo en algo enorme, aunque muchas veces no se vea.

La paz se hace más necesaria que nunca y tiene que ver con cómo tratamos a quien tenemos delante. Con la capacidad de dialogar sin destruirnos. Con bajar un poco el ruido, la agresividad y la necesidad constante de tener razón.

Avanzar tecnológicamente está muy bien. Crecer económicamente también. Pero si por el camino perdemos empatía, escucha y sentido común, quizá el problema no sea solo político o económico. Quizá sea profundamente humano.

Yo todavía creo en las personas. Creo que sigue habiendo muchísima gente buena ayudando. Pero también creo que necesitamos volver a cuidarnos un poco más entre nosotros. En los trabajos. En las familias. En la política. En la calle. En las redes.

Porque quizá el futuro dependa de que no olvidemos algo básico: cómo seguir siendo humanos.