En la antigua Grecia, donde nació la democracia, el poder no era algo para siempre. Era algo temporal. Era una responsabilidad. Muchas veces los cargos iban rotando. Hoy eras tú. Mañana era otra persona. Servir era un honor. Hacerlo mal era una vergüenza. La política no era una profesión para toda la vida. Era un servicio a la comunidad.
Han pasado muchos siglos. Hoy todo es más complejo. Pero los problemas que vive la gente son muy claros y muy reales. La vivienda está por las nubes, tanto para alquilar como para comprar. Mucha gente joven no puede independizarse. Familias que tienen que marcharse de su barrio porque no pueden pagar el alquiler.
Los sueldos han subido algo, sí. Pero los precios han subido más. La compra cuesta mucho más que hace unos años. Hay personas que trabajan todos los días y aun así no llegan a final de mes.
La sanidad pública tiene listas de espera largas. La atención a la dependencia llega tarde. La educación necesita más recursos. La justicia es lenta. Y la precariedad laboral genera miedo e inseguridad.
Estos son los problemas. No son teorías. No son peleas ideológicas. Son la vida diaria.
En España, para intentar dar respuesta a todo esto, los partidos situados a la izquierda del PSOE vuelven a hablar de unidad. No es la primera vez. Durante años han intentado unirse muchas veces. Y casi siempre pasa lo mismo: están de acuerdo en casi todo, pero terminan rompiendo por una parte pequeña. Por una diferencia concreta. Y esa pequeña parte acaba pesando más que el conjunto.
El resultado lo conocemos: lo que juntos podría tener fuerza suficiente acaba dividido en varios partidos que, por separado, no alcanzan el objetivo.
Ahora se insiste en que es urgente unirse para frenar a la ultraderecha, representada en España por fuerzas como Vox. Sobre el papel parece sencillo: si sumamos, ganamos. Pero la experiencia demuestra que no es tan fácil.
Si de verdad quieren unirse, el programa debería centrarse en lo básico. En lo que preocupa a la gente. Que el precio de la vivienda sea razonable y no expulse a la mayoría. Que trabajar permita vivir con dignidad. Que la sanidad funcione cuando se necesita. Que la educación tenga medios suficientes. Que la dependencia acompañe a las familias. Que la administración esté gestionada por personas preparadas y no por afinidad política.
Eso es hablar de lo común. Eso es hablar del bien común.
Ponerse de acuerdo en estas cuestiones quizá no sea lo más difícil. La dificultad aparece después. ¿Quién encabeza? ¿Quién va primero? ¿Quién mantiene su puesto? Ahí es donde muchas veces se rompe todo. No tanto por las ideas como por el liderazgo.
Dentro de los partidos hay personas preparadas. Muchas. Los partidos son necesarios en democracia. Sin ellos no hay organización ni debate. Pero necesarios no significa intocables.
Cuando se repiten candidaturas tras malos resultados, cuando la renovación visible no llega, cuando siempre son los mismos nombres, la ciudadanía se cansa. Porque cuando el debate se centra en las listas y no en los problemas reales, el mensaje que se recibe es claro: importa más el cargo que la solución. Y eso enfada.
La sociedad no ha dejado de creer en la justicia social. No ha dejado de creer en lo público. Lo que se ha perdido es la confianza. La gente ya no tiene claro que se esté pensando primero en todos y no en el propio partido.
Y aquí conviene hacerse una pregunta incómoda. Las personas que están o hemos estado en política, ¿somos realmente las más preparadas para gestionar lo que es de todos? ¿Somos las más capaces? ¿O simplemente somos las que decidimos entrar en un partido y, por estar ahí, fuimos ocupando espacios?
Estar en política no convierte automáticamente a nadie en la persona más adecuada para dirigir instituciones complejas. Tal vez haya fuera perfiles con más experiencia técnica, más trayectoria profesional o más reconocimiento social que podrían aportar estabilidad y solvencia.
Por eso quizá la salida no sea solo unir siglas. Quizá la salida sea más exigente. Acordar un programa común de mínimos y confiar su liderazgo a personas preparadas y respetadas socialmente, aunque no pertenezcan a la dirección de los partidos. Personas capaces de ejecutar ese mandato con límites claros en el tiempo.
No se trata de eliminar los partidos. Se trata de recordar que no siempre tienen que acaparar el protagonismo.
Limitar el tiempo en los cargos. Evitar que nadie se eternice. Abrir paso a gente nueva. Entender que servir no siempre implica salir el primero en la foto. Algunas personas dirán que esto es ingenuo. O que es un ataque a las cúpulas. O que “así no funciona la política”. Pero quizá precisamente ese es el problema: que asumimos como normal algo que debilita la confianza.
Esto no es un reproche. Es una llamada a la generosidad política.
Quizá esta generación tenga ahora una oportunidad histórica: demostrar que es capaz de poner lo común por delante de sí misma.
Que alguien de un paso atrás para que avance lo común es hoy el gesto más moderno y valiente que podemos ver. Porque en su origen la democracia no protegía carreras. Protegía lo común.
Aquí dejo dos preguntas para la reflexión. ¿La política está para resolver los problemas de la gente? ¿O para que algunos se queden?
Para mí, la política no está para quedarse. Está para servir. Porque cuando el ego manda, el pueblo pierde.