No es una historia lejana, está pasando ahora. Un crucero que salió de Argentina rumbo a Canarias, una enfermedad contagiosa a bordo, varias personas fallecidas, puertos que dudan y otros que directamente no quieren abrir.
Y aquí, en Canarias, empiezan a escucharse voces: “que no vengan”.
El miedo es comprensible. Nadie quiere un riesgo sanitario ni poner en peligro a su gente.
Pero en ningún caso se está planteando actuar sin responsabilidad. Atender a esas personas significa hacerlo con protocolos, con controles, con medidas sanitarias estrictas. Significa abrir el puerto con cabeza, no abrirlo sin cuidado. Eso no está en discusión.
Lo que llama la atención es otra cosa: ese rechazo inmediato, ese “aquí no” tan rotundo, esa tranquilidad con la que se asume que el problema se vaya a otro lado, aunque eso pueda costar vidas. Porque si ningún puerto abre, la pregunta es inevitable: ¿qué pasa con esas personas?
¿Qué harías si estuvieras dentro de ese barco? Si necesitaras atención urgente, si cada hora contara, si vieras cómo la incertidumbre se convierte en miedo real. ¿A qué puerto mirarías? ¿A quién pedirías ayuda?
Ahora cambia la escena. Estás fuera, en tu casa, en tu isla, en tu aparente seguridad, y ese mismo barco se acerca. ¿Abres o cierras? Ahí empieza el verdadero debate.
Porque el miedo no solo protege, también puede endurecer. Puede cerrarnos, puede hacernos justificar lo injustificable, puede convertir el “cuidarnos” en “desentendernos”. Y entonces aparece una lógica muy conocida: primero lo nuestro.
Y sí, proteger lo propio tiene sentido. Pero la pregunta es hasta dónde. Porque si ese “primero lo nuestro” implica que otras personas se queden sin atención, sin ayuda, sin una oportunidad, entonces deja de ser solo protección.
Empieza a ser egoísmo. Empieza a ser una forma de individualismo que, si no se revisa, nos va deshumanizando poco a poco, casi sin darnos cuenta.
Y el barco, en realidad, es solo un ejemplo. Esto pasa todos los días. Con las guerras, con el hambre, con las catástrofes naturales, con personas que emigran, con las que lo pierden todo de un día para otro. También pasa cerca, en lo cotidiano, cuando alguien lo está pasando mal y miramos hacia otro lado.
Siempre la misma pregunta: ¿qué hacemos?
Porque hay algo que todos tenemos claro: si nos pasara a nosotros, querríamos ayuda. Querríamos rapidez. Querríamos humanidad. Alguien que dijera “aquí sí”.
Pero cuando el problema está fuera, dudamos. Nos protegemos, nos justificamos, nos alejamos. Y ahí aparece una contradicción que incomoda: queremos ayuda, pero no siempre queremos ayudar.
Hay otra imagen muy simple que lo explica bien. Todos generamos basura. Pero nadie quiere el contenedor en su esquina ni el vertedero en su municipio. Seguimos produciendo el problema… pero no queremos tenerlo cerca.
Con el sufrimiento pasa algo parecido. Sabemos que existe, sabemos que es real, pero cuanto más lejos esté, mejor. “Aquí no”.
Y sin embargo, la vida no entiende de esa comodidad. Hoy estás fuera del barco. Mañana podrías estar dentro. La tortilla se puede virar en cualquier momento.
Y entonces la pregunta cambia de lugar. Ya no decides tú. Dependes de la decisión de otros. ¿Abrirán? ¿Dudarán? ¿Dirán también “aquí no”?
Por eso, esta reflexión va más allá de un caso concreto. No se trata solo de un barco. Se trata de cómo estamos aprendiendo a vivir. De cuánto espacio dejamos para la empatía. De cómo de grande o de pequeño hacemos el “nosotros”.
Porque una sociedad que se acostumbra a cerrar termina cerrándose por dentro. Se vuelve más dura, más desconfiada, más sola.
Quizá no se trata de eliminar el miedo. Se trata de que el miedo no decida por encima de la humanidad. De proteger sin dejar de cuidar.
Porque sí, hay riesgos. Pero también hay vidas. Y cuando tenemos opciones para ayudar con responsabilidad, mirar hacia otro lado no es neutral. Es una elección.
Al final, todo vuelve a una pregunta sencilla y muy incómoda: si estuvieras dentro del barco, ¿qué esperarías?
Y si lo tienes claro, ¿por qué nos cuesta tanto estar a la altura cuando somos nosotros quienes tenemos que decidir si ayudar o no?
No es buenismo. Es humanidad. Es empatía.
Esto no puede ir de ‘sálvese quien pueda’, de ‘yo no quiero problemas’ y de mirar hacia otro lado.
Porque si de verdad nos importa tan poco la vida de otras personas —que podrían ser perfectamente nosotros o nuestros hijos—, entonces hay algo que se nos está rompiendo por dentro.