La alcaldesa volvió a repetir hace unos días que “Las Palmas de Gran Canaria está de moda, es un referente”.
Ojalá fuera así. De verdad. Ojalá tuviéramos una ciudad que pudiera presumir de eso. Pero basta caminar por muchos barrios, hablar con la gente y mirar los informes oficiales para ver que ese mensaje no encaja con la realidad cotidiana de miles de personas.
No escribo esto para atacar a nadie. Lo escribo porque cuando el relato político se aleja demasiado de la vida real, se rompe algo muy delicado: la confianza de la ciudadanía.
A no ser que la alcaldesa se refiera a que estamos “de moda” por lo mal que gestionamos muchas cosas, su frase es difícil de entender. Porque si no es eso, si de verdad cree que Las Palmas de Gran Canaria es un referente positivo, entonces tenemos un problema todavía mayor: una alcaldesa instalada en un discurso victorioso que no se parece en nada a la realidad de la calle.
Ese desfase genera enfado, frustración y una desafección enorme. ¿En qué mundo vive alguien que dice que todo va perfecto mientras hay barrios vulnerables señalados por la Universidad de Las Palmas, con niveles de pobreza que duelen, con calles sucias, con ratas y cucarachas, con miles de quejas registradas, con obras interminables como las de la MetroGuagua, con viviendas terminadas sin entregar y con problemas judiciales abiertos? ¿En qué mundo vive mientras tanta gente siente que su calle —la de verdad, la que pisan cada día— está peor que nunca?
Los datos lo confirman. Más del 30% de los barrios de la ciudad están catalogados como vulnerables: renta baja, servicios insuficientes, falta de mantenimiento, oportunidades al límite. Esa cifra resume mejor que cualquier discurso lo que está ocurriendo. Y mientras tanto, en los dos últimos años el Ayuntamiento ha tenido que devolver millones de euros en subvenciones no ejecutadas. Dinero que podría haber mejorado barrios, reforzado servicios públicos o apoyado proyectos sociales que ahora, sencillamente, no existen.
A esto se añaden conflictos con vecinos en zonas afectadas por el Carnaval y por grandes eventos donde el ruido y el descontrol llevan años generando tensiones evitables. El Confital continúa siendo un símbolo doloroso: una joya natural cerrada durante años por problemas de contaminación sin una solución definitiva. Y el reciente caso Valka, que terminó con la dimisión de una concejala, añade aún más desgaste a una ciudad cansada de sobresaltos.
En medio de todo esto hay un dato que habla por sí solo: el Ayuntamiento tuvo que aprobar un contrato de emergencia, a raíz de un informe de Salud Pública que alertaba de un grave riesgo para la salud, para reforzar la recogida de basura y la limpieza viaria en toda la ciudad. Cuando una capital llega a ese punto —a una emergencia oficial por suciedad y acumulación de residuos— no estamos ante un problema puntual, sino ante el síntoma de que lo esencial no se ha cuidado durante demasiado tiempo.
A esa falta de limpieza se suma otro indicador que nadie puede ignorar: la presencia constante de ratas en distintos barrios, parques y zonas céntricas. La ciudad lleva meses intentando controlar una plaga que se resiste porque, cuando la basura se acumula y el mantenimiento falla, los roedores encuentran el terreno perfecto. Las ratas no aparecen por exageración ni por mala suerte: aparecen cuando lo básico no funciona. Y esa imagen —por cruda que resulte— explica mejor que cualquier discurso la distancia entre el relato oficial y la vida cotidiana de la gente.
A todo ello se suma una obsesión creciente por los “grandes proyectos”: la candidatura a Ciudad Europea de la Cultura 2030, el proyecto del Guiniguada, los grandes eventos, la actuación millonaria de Maluma que se justifica diciendo que “nos ponen en el mapa”. Nada de esto es malo por sí mismo. La cultura, la proyección internacional y los proyectos ambiciosos son positivos. Pero no pueden convertirse en el centro de una política municipal cuando lo cotidiano falla.
Es un patrón demasiado habitual en los malos gobiernos: volcar energía, dinero y atención en lo más vistoso mientras los problemas reales de la gente siguen esperando.
Porque un ayuntamiento tiene una misión más sencilla y más noble: atender los problemas diarios de la ciudadanía. La limpieza. La vivienda. El mantenimiento. La convivencia. La escucha. Solo cuando lo básico funciona podemos ir a metas mayores. Pero si lo básico cojea, cualquier intento de grandeza se convierte en un decorado vacío.
Ojalá este artículo sirva para hacer pensar. Gobernar esta ciudad no es fácil; la burocracia es lenta, la plantilla insuficiente y las necesidades enormes. Nadie niega esas dificultades. Lo que sí desconcierta es insistir en un relato que no reconoce lo que está pasando. La gente no quiere una alcaldesa perfecta: quiere una alcaldesa sincera. Quiere escuchar un “tenemos problemas, estamos trabajando en ellos, sabemos que vamos tarde, pero aquí están las soluciones”. Quiere realismo, humildad y coherencia.
Por el bien de la ciudad, por el bien de la política y por el bien de la confianza de la ciudadanía, necesitamos menos eslogan y más sinceridad; menos foto y más barrio; menos megaobra y más mantenimiento; menos “estamos de moda” y más “vamos a arreglar lo básico”. Si la alcaldesa cambia el enfoque, nos tendrá a su lado. Si reconoce las dificultades, tendrá el apoyo de mucha más gente de la que imagina. Y si se acerca a la realidad con humildad y escucha, todos ganamos. Las Palmas de Gran Canaria merece un gobierno que mire a los ojos a su gente, no solo a las cámaras.
Ojalá —de verdad lo digo— que algún día podamos afirmar sin matices que somos una ciudad referente. No por un eslogan, ni por un escenario, ni por un evento: sino porque la vida de la ciudadanía mejora de verdad.
Ese sería el verdadero orgullo. Ese sería el verdadero éxito. Ese sería, por fin, el verdadero “estar de moda”.