50 estrellas para celebrar nuestro Carnaval

Hay cumpleaños que se celebran con una super fiesta. Otros con discursos. Otros con recuerdos. Y hay aniversarios que merecen algo más: una mirada cariñosa a lo que hemos sido, a lo que somos y a lo que seguimos siendo cuando estamos juntos.

Porque cumplir años no es sumar tiempo: es aprender a mirarnos con más y mejor amor.

Este año el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria cumple cincuenta años. Medio siglo de historia compartida. Cincuenta años de música, disfraces, escenarios, excesos, lágrimas, risas, escándalos, libertad y encuentro. Cincuenta años en los que la ciudad aprendió, una y otra vez, a reconocerse en la fiesta.

Y quizá también a reconocerse en sus heridas, en sus deseos, en sus ganas de vivir. Y para celebrarlo, además de galas, concursos y desfiles, habrá también pintura. Habrá arte. Habrá una exposición que no quiere limitarse a colgar cuadros en una pared, sino invitar a entrar dentro del Carnaval.

Porque a veces el arte no solo sirve para decorar la vida, sino para entenderla un poco mejor. 

Con ese objetivo, el próximo lunes, 2 de febrero, a las 19:30 horas, en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la calle Mesa y López, se inaugura la exposición pictórica de la artista Vesna González, “50 estrellas”, para celebrar este cumpleaños del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Una muestra que permanecerá abierta al público hasta el 1 de marzo.

Por eso esta no es una exposición cualquiera. Es, sobre todo, una fiesta pintada, una celebración.

Alrededor de diez obras componen la muestra. Dos de ellas, de gran formato, nos llevan al corazón mismo del Carnaval: los mogollones, ese momento mágico que llega después del espectáculo, cuando se apagan los focos oficiales y se enciende la vida real. Cuando dejamos de actuar para empezar, por fin, a ser. Cuando la noche se vuelve un poco caótica, cuando los cuerpos se mezclan, cuando la música manda y la libertad se vuelve contagiosa.

Porque hay noches que no se recuerdan por lo que hicimos, sino por cómo nos sentimos dentro de ellas.

Estas obras están inspiradas en vivencias reales, vistas muy de cerca, observadas en fiestas donde la frontera entre lo público y lo privado casi desaparece. La pintura ordena lo vivido, lo suaviza, lo hace amable, pero deja intacta la esencia: ese desorden feliz que solo el Carnaval sabe crear. Ese lugar extraño donde, por unas horas, nadie pregunta quién eres, sino simplemente si estás siendo feliz.

Hay también cuadros más pequeños, llenos de diversidad: rostros distintos, miradas cruzadas, gestos, colores intensos, formas que se superponen como se superponen las personas en la fiesta. Aquí no hay un solo tipo de belleza ni una sola manera de estar. Aquí caben todas las caras, todos los cuerpos, todas las identidades. Porque la belleza, cuando es verdadera, no excluye: abraza.

Y, cómo no, aparece una escena imprescindible: el entierro de la sardina. La viuda llorosa, teatral y entrañable, despidiendo lo que se va para dejar paso a lo que vuelve. Porque en la vida, como en el Carnaval, también hay que saber despedirse para poder seguir caminando.

Pero quizá lo más hermoso de esta propuesta no está solo en los cuadros, sino en la forma de presentarlos. La inauguración se plantea como un pequeño escenario de Carnaval. No habrá un desfile tradicional. Pero si habrá un presentador, que dará paso a la artista y a un drag, y no uno cualquiera, nada más y nada menos que Drag Kiowa. O sea, un “mini carnaval” dentro de la sala. Los cuadros harán de público pintado. Y el público real se mezclará con ellos.

Una manera delicada de recordarnos que no somos espectadores de nuestra vida: somos parte de la escena.

Una forma muy simbólica de decir que el arte y la fiesta no están separados. Que el Carnaval no se mira desde fuera: se vive desde dentro.

Y que quizá vivir bien consista precisamente en eso: en atreverse a ser.

Por eso hay una invitación muy especial de la propia artista: que quien venga lo haga con algo de Carnaval encima. Un tocado, un detalle, un maquillaje, un antifaz, un disfraz completo si apetece.

Aquí hay aceptación total. Aquí nadie sobra. Aquí nadie desentona. Porque cuando uno se siente aceptado, empieza, casi sin darse cuenta, a aceptarse a sí mismo.

Porque esta exposición no habla solo de pintura. Habla de libertad. De la libertad de ser quien uno es sin pedir permiso. De la libertad de jugar, de exagerar, de reírse de uno mismo. De la libertad de mezclarse, de abrazarse, de mirarse sin juicio.

Habla también de comunidad. De celebrar juntos. De reconocernos en medio del ruido, del color y de la música. Porque pocas cosas nos curan tanto como sentir que no estamos solos.

Y habla, sobre todo, de memoria. De agradecer cincuenta años de una fiesta que ha sido refugio, escenario, protesta, desahogo y alegría para generaciones enteras de esta ciudad.

Porque una ciudad no se mide solo por sus calles, sino por las emociones que ha sabido cuidar.

Quizá por eso el título no habla de cuadros ni de técnicas. Habla de estrellas. Cincuenta estrellas para cincuenta años. Cincuenta luces pequeñas que, juntas, forman una constelación: la del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.

Y tal vez también la constelación de todo lo que hemos sido capaces de celebrar juntas y juntos.

Que nadie venga solo a mirar. Que venga a celebrar. Que venga a mezclarse. Que venga a formar parte. Porque el Carnaval, al final, no se cuelga en una pared. El Carnaval se vive.

Y, a veces, nos enseña a vivir un poco mejor.