¿Repensamos el sistema?

El dinero debería servirnos para vivir mejor. Para tener una casa, alimentarnos, cuidar nuestra salud, disfrutar de tiempo con las personas que queremos y afrontar el futuro con cierta tranquilidad.

Pero, para la mayoría, muchas veces ocurre justo lo contrario: trabajamos cada vez más, pagamos cada vez más por lo necesario y vivimos con la sensación de no llegar nunca. Mientras tanto, una pequeña parte de la sociedad acumula una riqueza enorme haciendo negocio con todo: las viviendas, los alimentos, la energía, los medicamentos, nuestros datos e incluso nuestros miedos.

Cuando hablo de “el sistema” me refiero a esta forma de organizar la economía y la sociedad: un capitalismo cada vez más descontrolado, al que solemos llamar neoliberalismo, que no parece pensado para garantizar el bienestar de todas las personas. Asume que habrá ganadores y perdedores, que algunos acumularán muchísimo y que otros se quedarán sin nada. Y, si alguien no puede pagar una vivienda, una alimentación digna o un tratamiento, la respuesta termina siendo algo parecido a: “mala suerte, no te esforzaste suficiente o no supiste competir”.

Lo vemos claramente con la vivienda. Tener una casa ya no se considera solamente un derecho o una necesidad básica. Es una inversión, un activo financiero y una oportunidad para obtener la máxima rentabilidad. Muchas personas destinan una parte enorme de su sueldo a pagar la hipoteca o el alquiler de su casa, si es que consiguen encontrarla. Otras deben compartir piso, aunque tengan trabajo y una edad en la que esperaban haber construido una vida independiente. Hay jóvenes que no pueden abandonar la casa familiar, parejas que continúan juntas porque separarse resulta económicamente imposible y familias expulsadas de los barrios donde crecieron porque las viviendas producen más dinero alquiladas por días.

Pero sería muy fácil pensar que los responsables son solamente unos cuantos fondos de inversión, multimillonarios y grandes empresarios. Este sistema también nos va cambiando a nosotros. Nos enseña que, si podemos ganar más dinero, lo lógico es hacerlo.

Si todos los propietarios alquilan una vivienda por 2.000 euros, resulta difícil que tú decidas alquilársela por mucho menos de la mitad a una familia que la necesita. Si puedes tener dos casas en lugar de una, probablemente intentarás conseguirlas. No siempre se trata de maldad o avaricia. Estas personas también piensan en su seguridad, en ayudar a sus hijos, en tener una casa mejor o en guardar algo para cuando lleguen tiempos difíciles.

Todos necesitamos dinero porque hemos construido una sociedad en la que casi todo lo que entendemos por vivir bien cuesta cada vez más.

Otra característica del sistema: nos enseña a mirar primero por nosotros mismos y convierte la empatía casi en una desventaja. Si puedo aumentar mis beneficios, parece absurdo renunciar a ello para que otra persona viva un poco mejor. Pensamos que más dinero nos dará más seguridad, comodidad y calidad de vida. El problema es que, cuando todos intentamos conseguir el máximo para nosotros, dejamos de preguntarnos qué consecuencias tienen nuestras decisiones sobre los demás.

El capitalismo no nos obliga a ser egoístas, pero sí premia a quien acumula dinero y hace que compartir, renunciar o poner límites parezca ir contra nuestros intereses. Y una sociedad que coloca permanentemente el beneficio individual por encima del bienestar colectivo termina perdiendo algo esencial: la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Así entramos en una rueda que se alimenta a sí misma. Queremos ganar más porque una vivienda digna cuesta mucho, descansar cuesta dinero, viajar cuesta dinero y cuidar nuestra salud cuesta dinero. Nos muestran continuamente casas más grandes, coches mejores, cuerpos perfectos y rostros que nunca envejecen. Terminamos creyendo que todo eso representa el éxito, la felicidad y hasta nuestro valor como personas.

Envejecer, algo tan natural como vivir, parece haberse convertido en un defecto que debemos corregir. Hay personas que incluso se endeudan para operarse, ponerse pelo, eliminar arrugas o aparentar una vida que realmente no pueden permitirse. No lo digo para juzgar a nadie. Yo también formo parte de esta sociedad y siento muchas de esas necesidades y contradicciones. La cuestión es preguntarnos cuánto de lo que deseamos nace realmente de nosotros y cuánto nos ha sido colocado delante como un espejo en el que debemos mirarnos.

Con el turismo sucede algo parecido. El turismo genera empleo, riqueza e intercambio cultural. En Canarias lo sabemos bien. Pero, cuando no tiene límites, termina destruyendo precisamente aquello que atraía a quienes nos visitaban. Vemos espacios naturales abarrotados, colas interminables para contemplar un paisaje y personas esperando turno para hacerse la misma fotografía. Lugares que antes invitaban al silencio se convierten en escenarios de Instagram. También hay barrios y ciudades transformadas en parques temáticos, donde desaparecen los comercios de toda la vida, suben los alquileres y las viviendas se convierten en alojamientos vacacionales. Llega un momento en el que quienes viven allí sienten que sobran en su propia tierra.

La salud tampoco escapa a esta lógica. Cuando alguien recibe un diagnóstico grave, descubre pronto la diferencia entre tener dinero y no tenerlo. Quien puede pagarlo adelanta pruebas, busca otra opinión, recibe terapia o viaja para operarse. Quien no puede espera, soporta el dolor y confía en que su enfermedad no empeore antes de que llegue su cita.

Y cuando la salud se convierte en mercado, la persona se transforma en cliente. Y un cliente sin dinero interesa bastante poco. Tenemos conocimientos, profesionales y tratamientos capaces de aliviar muchísimo sufrimiento. Lo que no siempre tenemos es un sistema que los ponga al alcance de todos.

Quizá una de las mayores victorias de este sistema haya sido hacernos creer que la calidad de vida consiste principalmente en poder comprar más cosas. Pero vivir mejor también debería significar tener tiempo, disfrutar de relaciones sanas, querer y sentirse querido, acceder a una vivienda sin hipotecar la vida, caminar por un entorno cuidado y envejecer sin avergonzarnos de nuestro cuerpo.

Repensar el sistema comienza por hacernos una pregunta incómoda: ¿queremos una sociedad en la que cada persona intente acumular todo lo que pueda o una en la que todos podamos vivir con dignidad?.