¿Qué nos está pasando?

Alternativa para Alemania, partido pro nazi, acaba de obtener cerca del 44 % de los votos en Sajonia-Anhalt. No ocurrió en cualquier lugar. Ocurrió en Alemania, el país que conoció hasta dónde pueden conducir el supremacismo, la deshumanización y la búsqueda de enemigos a los que responsabilizar de todos los males.

La historia nunca vuelve exactamente de la misma manera. Pero algunas palabras sí regresan: patria, amenaza, invasión, decadencia, mano dura, primero los nuestros. Y vuelve, sobre todo, una vieja estrategia: convencer a una sociedad asustada de que sus problemas no tienen que ver con la desigualdad, la precariedad o la acumulación de riqueza, sino con quienes llegan huyendo de la pobreza.

Durante décadas, el dinero ha dejado de ser un medio para vivir y se ha convertido en el centro de nuestras vidas. Hoy casi todo tiene un precio: la vivienda, los cuidados, el tiempo, la salud y hasta la tranquilidad. El resultado es una sociedad más desigual e individualista, donde millones temen perder mañana lo poco que tienen hoy. Y cuando crece el miedo, triunfan las respuestas fáciles para problemas complejos. 

Lo ocurrido en Ceuta es inaceptable y no puede repetirse. Que unas 70.000 personas atraviesen una frontera de manera descontrolada en apenas unas horas, murieron 145 personas, es un desastre. También lo es que más de un mes después, varios miles continúen atrapados en la ciudad, muchos viviendo en la calle, sin alojamiento ni alimentos suficientes.

No es bueno para quienes llegaron, utilizados como instrumentos de presión y abandonados posteriormente a su suerte. Pero tampoco es justo para la ciudadanía de Ceuta, que ha visto desbordados sus calles, servicios y espacios públicos. Es comprensible que aparezcan preocupación, enfado e incluso miedo. Reconocerlo no nos convierte en racistas ni contradice la defensa de los derechos humanos. Significa mirar de frente la realidad y exigir que las administraciones protejan tanto a quienes viven allí como a quienes llegaron.

Pero lo ocurrido tampoco puede explicarse únicamente como un problema de inmigración. Tiene una evidente intención política. La mayoría estamos convencidos de la responsabilidad de Marruecos. 

España y Marruecos seguirán siendo vecinos. Las proclamas patrióticas, las amenazas y las llamadas a "tomar medidas" pueden resultar muy contundentes en un mitin, pero no solucionan los problemas. Cuando surge un conflicto en una comunidad de vecinos o entre dos pueblos, no podemos declararnos la guerra cada vez. Habrá que dialogar, negociar y alcanzar acuerdos firmes y respetados por todas las partes. En política internacional a eso se le llama diplomacia.

La inmigración genera conflictos reales y debe ser gestionada. Europa no puede recibir sin planificación ni límite a todas las personas que quieran llegar. Necesitamos fronteras seguras, cooperación con los países de origen y tránsito, vías legales, recursos de acogida, retornos con garantías... Pero también necesitamos actuar sobre las causas: la pobreza, las guerras, las persecuciones, el cambio climático y una desigualdad que condena a millones de seres humanos por el lugar en el que nacieron.

Y mientras discutimos si quienes llegan van a quitarnos algo, quizá no estamos mirando a quienes llevan años quitándonoslo. No fue un migrante quien convirtió la vivienda en un negocio imposible para miles de familias. No fueron quienes llegaron en cayuco quienes precarizaron el empleo, colapsaron la sanidad, abandonaron la dependencia o permitieron que la riqueza se concentrara cada vez en menos manos. Tampoco decidieron que trabajar ya no garantice llegar a final de mes.

Ahí está una de las grandes trampas. Vox habla a quienes se sienten abandonados y les promete protección. Les dice que defenderá España, las fronteras y a la gente corriente. Pero mientras consigue que toda nuestra atención se concentre en la inmigración, convendría comprobar qué vota cuando en el Congreso se habla de nuestra vida cotidiana.

Vox fue el único partido que votó contra la subida de las pensiones y el ingreso mínimo vital. También votó para impedir la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales sin pérdida de salario. Votó contra la reforma laboral que redujo la temporalidad, contra la Ley de Vivienda y contra la creación de una Agencia Estatal de Salud Pública para responder mejor ante futuras pandemias y emergencias sanitarias.

Además, ha pedido restringir la universalidad de la sanidad pública y fue el único partido que votó contra la aprobación definitiva de la Ley de protección integral a la infancia frente a la violencia.

Lo mínimo que deberíamos hacer antes de votar es conocer el conjunto de las decisiones de un partido y no quedarnos únicamente con lo que promete hacer contra la inmigración. Porque España no es solo una frontera, una bandera o un himno. España también es una trabajadora que necesita un salario digno; una persona mayor que depende de su pensión; una familia que espera meses por una consulta médica; un joven incapaz de pagar una vivienda; una niña que necesita protección frente a la violencia; una persona dependiente esperando una ayuda y alguien que, después de cuarenta años trabajando, aspira a jubilarse con dignidad. Todo eso también es patria.

La inmigración es una cuestión importante y exige medidas firmes, ordenadas y responsables. Pero no puede convertirse en el único criterio para decidir nuestro voto. Más importantes todavía son la sanidad, la educación, las pensiones, los servicios sociales, la justicia, la seguridad, la vivienda, el medioambiente, los salarios, el empleo y la posibilidad de tener una vida digna.

No creo que todas las personas que votan a la ultraderecha sean racistas o fascistas. Muchas están enfadadas, decepcionadas o asustadas. Algunas han dejado de confiar en una política incapaz de resolver sus problemas. Otras viven rodeadas de mensajes diseñados para indignarlas constantemente. Los algoritmos saben que la rabia retiene nuestra atención y algunos poderes han comprendido que una sociedad enfrentada mira hacia los lados y deja de mirar hacia arriba. Y mientras discutimos entre nosotros, quienes más tienen continúan acumulando.

Podemos votar pensando exclusivamente en quienes saltan una valla y descubrir demasiado tarde que quienes hemos perdido derechos, seguridad y calidad de vida somos nosotros.

Ojalá votemos pensando en todo lo que está en juego. Porque podemos cerrar una frontera y, al mismo tiempo, dejar que se nos derrumbe el país por dentro. Y una patria que conserva su bandera, pero pierde la solidaridad, los derechos y la dignidad de su gente, quizá ha terminado perdiendo aquello que decía defender.