¿Por qué nadie ha querido comprar el Granca?

Hace unas semanas, el presidente del Cabildo de Gran Canaria y su consejero de Deportes hicieron un llamamiento al empresariado canario para implicarse en el futuro del Granca. Incluso hablaron de la necesidad de encontrar un "Juan Roig canario", en referencia al empresario propietario del Valencia Basket. El consejero ha ido más allá al manifestar que "la sociedad tiene que dar un paso al frente con el CB Gran Canaria".

Este tema me parece apasionante. Porque no es un debate sobre baloncesto solamente. Es también sobre economía, dinero público, identidad y el papel que queremos que jueguen nuestras instituciones.

Para empezar es importante saber quién ha sostenido al Granca durante más de treinta años.

Cuando los clubes profesionales tuvieron que convertirse en Sociedades Anónimas Deportivas, fue el Cabildo de Gran Canaria quien evitó que la isla se quedara sin baloncesto de élite y asumió la propiedad del club.

Desde entonces, la ciudadanía grancanaria ha sostenido este proyecto durante más de tres décadas. Si hacemos un cálculo aproximado, estamos hablando de unos cien millones de euros de dinero público destinados a garantizar su continuidad. 

Esto plantea una pregunta: Si el Granca es tan valioso para la isla, ¿por qué nadie ha querido comprarlo en todos estos años?

Hay empresarios importantes en la isla: en el turismo, en el puerto, en la alimentación o en la construcción. Sin embargo, ninguno ha dado el paso. 

La explicación que dan es sencilla: Los clubes profesionales generan valor deportivo, social y emocional, pero no son rentables, salvo contadas excepciones.

Y es que para competir en la ACB con ciertas garantías, se necesita un presupuesto cercano a los diez millones de euros y los ingresos del Granca están bastante por debajo de esa cifra.

Y ahí está la clave del debate: cualquier inversor sabe que sin los cuatro millones de euros que aporta el Cabildo cada año, tendría dos opciones: cubrir esa diferencia con su dinero o reducir considerablemente el proyecto deportivo.

El problema no es comprar el Granca. El problema es financiarlo cada temporada.

Porque un empresario no compra solo un club. Compra también sus costes, sus estructuras y unas cuentas que hoy no se sostienen con ingresos propios.

Por eso ningún inversor ha dado el paso. No es posible aportar al menos cuatro millones de euros cada temporada, y eso cuando las cosas van bien. Porque si aumentan las pérdidas o disminuyen los ingresos, el esfuerzo económico sería todavía mayor.

Se cita a Juan Roig como ejemplo. Pero el modelo del Valencia Basket es difícilmente comparable. El baloncesto forma parte allí de un proyecto empresarial mucho más amplio, ligado al Roig Arena y a otras actividades económicas.

Algunas voces apuntan a que la inversión privada solo sería viable cediendo la gestión del Gran Canaria Arena. Es un debate muy controvertido. Pero ahora no toca. 

Porque si durante más de treinta años en la ACB, disputando competiciones europeas, y hasta ganando títulos, no apareció ningún comprador, ahora con el descenso resultará mucho más complicado.

Los empresarios prefieren invertir donde existe un mayor retorno económico y social. Y ese espacio lo ocupa claramente el fútbol. La UD Las Palmas ha superado los 25.000 abonados en Primera División y esta temporada en Segunda, 23.000. Una enorme comunidad que siente el club como algo propio. Eso atrae patrocinadores, atención mediática e ingresos.

El Granca, en cambio, no ha logrado construir un vínculo emocional tan fuerte con la isla. La asistencia media al Gran Canaria Arena esta temporada no llegó a los 6.000 espectadores, muchos de ellos accediendo mediante invitaciones.

Hay algo muy importante que suele olvidarse y genera confusión: el Cabildo no es un patrocinador más del Granca. Es su propietario. 

Pero durante años el Cabildo ha intentado dar autonomía a sus gestores, pareciéndose su funcionamiento más a un club privado, probablemente con la mejor intención: alejar la política del deporte y dejar trabajar a quienes más saben de baloncesto. Pero una cosa es no decidir fichajes o alineaciones y otra muy distinta es no ejercer las responsabilidades propias de un propietario.

Porque los propietarios no solo financian. También definen objetivos, nombran gestores, evalúan procesos y resultados, pero, sobre todo, deciden qué proyecto quieren impulsar. Los gestores gestionan. Los propietarios fijan el rumbo.

En este momento y mientras no aparezca un comprador —y no parece haberlo ni a corto ni a medio plazo— el debate es: ¿Qué queremos que sea el Granca?

Para mí, debe tener una gobernanza distinta: no un club dirigido solo por políticos, pero tampoco solo por expertos en baloncesto. 

Haría falta un consejo de administración plural y cualificado que incorpore perfiles diversos: gestión, marketing, acción social, participación ciudadana, conocimiento de las políticas públicas de la isla,... Y una presidencia o gerencia profesional que dirija el día a día del club, ejecute la hoja de ruta acordada y consiga los objetivos marcados.

Otro acierto sería dejar de ver al Granca solo como un club de baloncesto y empezar a entenderlo como un proyecto de isla. Porque un club público también debe generar valor para la sociedad que lo sostiene. 

Las posibilidades son enormes. Ese 'Compromiso Granca' es educación, convivencia, promoción deportiva, hábitos saludables, apoyar el cuidado del medio ambiente, el producto local, el bienestar animal, el voluntariado,... 

Nada de esto resta competitividad deportiva. Al contrario: crea raíces, genera identidad y fortalece el vínculo con la ciudadanía. 

Porque los clubes viven de la identificación. Por eso muchos aficionados seguimos recordando a Roberto Guerra, uno de los grandes referentes de la cantera; a Berdi Pérez, arquitecto de los mejores equipos de nuestra historia; o a John Shurna, un jugador veterano que representó liderazgo y una conexión especial con la afición.

Solo construyendo un gran club para la isla, con 10.000 abonados y capaz de generar más recursos propios, podrá el Granca ser algún día atractivo para quien quiera invertir en él.

El descenso duele. Pero es una oportunidad para parar, reflexionar y decidir hacía dónde queremos ir. Con más y mejor cantera, no que gane títulos, sino que permita a jóvenes nacidos aquí llegar al primer equipo; con más arraigo, más participación de los abonados, más comunidad... Más alma.