Me gustaría poder ayudar a todas las personas

Me gustaría, especialmente, ayudar a las personas que lo están pasando mal aquí y también a quienes sufren al otro lado del mundo. Me gustaría colaborar con más asociaciones que hacen un trabajo admirable. También me gustaría ayudar a más animales, adoptar más perros y más gatos. Me gustaría tener tiempo para hacer más voluntariado. Si pudiera, probablemente diría que sí a casi todas las causas que me parecen justas.

El problema es que no puedo. No porque no quiera. Porque tengo límites. Tengo un tiempo limitado, un sueldo limitado y unas fuerzas limitadas. Estoy convencido de que a ti también te  ocurre algo parecido. Si pudiéramos, seguramente haríamos mucho más de lo que hacemos.

Aceptar esos límites no nos hace peores personas. Simplemente nos recuerda que cada decisión implica renunciar a otra. El dinero que destino a una causa ya no puedo destinarlo a otra. La tarde que dedico a una persona ya no puedo dedicarla a otra. Y eso forma parte de la vida.

Sin embargo, hay algo que siempre me ha llamado la atención. Aceptamos con bastante naturalidad esos límites cuando hablamos de nosotros mismos. Pero, en cuanto la conversación pasa a un ayuntamiento, a un cabildo, a una comunidad autónoma o a un país, parece que dejamos de aceptar que también existen.

Una familia decide en qué gasta su dinero. Un gobierno también. Y gobernar consiste en eso precisamente, en tomar decisiones. Algunas ilusionan. Otras duelen. Pero todas tienen consecuencias.

Cada vez estoy más convencido de que dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Podemos ayudar a quienes llegan buscando una vida mejor y, al mismo tiempo, reconocer que un solo país no puede atender, por sí solo, todas las necesidades del mundo. No porque falte solidaridad, sino porque el reto es enorme y los recursos propios tienen límites.

Podemos querer pagar menos impuestos y, al mismo tiempo, exigir mejores hospitales, mejores colegios, más seguridad o una atención más rápida cuando la necesitamos. Las dos cosas son comprensibles. Y las dos obligan a tomar decisiones que nunca son tan sencillas como nos gustaría.

Lo que ocurre estos días en Ceuta me parece otro buen ejemplo. Me duele que hayan muerto tantas personas y que parezca que lo importante no sean ellas, sino utilizarlas para defender una posición política u otra. Detrás de cada cifra hay una persona. Alguien que tenía miedo, ilusiones, una familia o, simplemente, el sueño de vivir mejor.

Pero tampoco sería justo quedarnos solo con esa desgarradora imagen. Porque detrás de esa tragedia hay enormes desigualdades entre países y continentes, mafias que trafican con seres humanos, y, sobre todo, muchos intereses de EEUU, Israel y Marruecos.

Si solo miramos el drama humano, no entenderemos las causas. Y si solo analizamos las causas, corremos el riesgo de olvidar a las personas. Quizá por eso me cuesta tanto aceptar los discursos que ofrecen soluciones tan simples para problemas tan complejos.

Algo parecido ocurre con la vivienda, los impuestos, el cambio climático o tantos otros debates que ocupan nuestras conversaciones. Son problemas donde intervienen muchos factores y donde, casi siempre, hay más de una verdad que merece ser escuchada.

También creo que cada vez menos se vota por ideología. Creo que muchas personas votan, sobre todo, por las preocupaciones que más les afectan. Quien lleva años sin encontrar una vivienda que pueda comprar o alquilar sin dejarse más de la mitad del sueldo prestará mucha atención a quien le prometa resolver ese problema. Quien espera meses para una prueba médica escuchará con más interés a quien le asegure que mejorará la sanidad. Quien apenas llega a final de mes pondrá el foco en quien le hable de salarios, empleo o impuestos. Es humano. Todos miramos primero aquello que más nos duele.

Ocurre también que algunos partidos políticos aprovechan esas preocupaciones legítimas y hacen algo que lleva siglos funcionando: buscar un único culpable a todos nuestros males. Ahora le ha tocado el turno a los inmigrantes. Par ellos lo importante es señalar a alguien y hacer creer que, eliminando ese problema, desaparecerán todos los demás. Pero la realidad no es, ni funciona así.

Me resulta curioso que la mayoría queremos el pack completo: Queremos un buen sueldo, una vivienda asequible, pagar menos impuestos, una sanidad excelente con menos listas de espera, una educación pública de calidad, más seguridad, mejores carreteras, más prevención de incendios, ciudades accesibles para todas las personas, proteger mejor el medio ambiente, cuidar de nuestros mayores, apoyar a quien lo necesita, estadios lo más modernos posibles, que desaparezca la corrupción,...

Yo también quiero ese pack. Pero desgraciadamente cada decisión implica muchas veces dejar otras para después o, incluso, renunciar a ellas.

Por eso espero mucho de nuestros gobernantes. Espero que quieran conseguir ese pack completo para que vivamos mejor. Pero también les exijo algo igual de importante: honestidad.

Si prometen bajar impuestos, que expliquen cómo piensan mantener unos servicios públicos de calidad. Si prometen reforzar la sanidad, la educación o la dependencia, que expliquen de dónde saldrán los recursos. Y si creen que pueden conseguir ambas cosas al mismo tiempo, que nos cuenten cómo piensan hacerlo. Después seremos los ciudadanos quienes decidamos si ese proyecto nos convence o no.

Lo que no deberíamos aceptar es que la política se limite a decirnos aquello que más ganas tenemos de escuchar. Porque prometer es muy fácil. Y cuando las promesas se hacen para ganar unas elecciones y no para cumplirse, el daño va mucho más allá del partido que las hizo. Primero se rompe la confianza en ese partido. Después se rompe la confianza en la política. Y, poco a poco, también empieza a romperse la confianza en la democracia.

No sé quién gobernará el año que viene. Lo que sí sé es la sociedad en la que me gustaría vivir. Una sociedad que no simplifique los problemas. Que sea capaz de escuchar antes de descalificar. Que no convierta a quien piensa diferente en un enemigo. Que no utilice el sufrimiento de las personas para ganar un puñado de votos.

Y que también entienda que la buena intención, por sí sola, no siempre basta, aunque tampoco podemos renunciar a ella.