Las urnas están que arden

Hoy me gustaría reflexionar contigo sobre algo que hacemos cada cuatro años… pero cuyas consecuencias vivimos cada día.

De urnas, de votos… y de incendios que a veces empiezan mucho antes de que aparezcan las llamas.

Y es que todavía queda alrededor de un año para las próximas elecciones autonómicas, insulares y municipales en Canarias… y ya estamos en campaña electoral.

Por eso empiezan las visitas, las fotos, los vídeos, los anuncios, las inauguraciones y los tristes "postureos". También empiezan los movimientos dentro de los partidos: quién irá de candidato, quién pactará con quién o quién empieza ya a colocarse mejor de cara a las elecciones.

Y mientras tanto, muchas personas miramos todo esto con cansancio. A veces incluso con desconfianza. Porque todavía queda un año entero para gobernar. Un año para gestionar, mejorar servicios públicos y resolver problemas reales. Y sería una pena que todo acabara girando demasiado pronto alrededor de la próxima campaña.

Por eso elegimos este título y este dibujo. Porque a veces da la sensación de que alrededor de las urnas todo está demasiado acelerado. Mucho ruido. Mucha tensión. Mucha propaganda constante. Como si votar se hubiera convertido en una batalla donde arden las redes sociales, los debates y hasta nuestras conversaciones.

Y no te digo nada cuando se convoquen elecciones generales. Entonces las urnas terminarán echando humo mañana, tarde y noche.

Defender ideas distintas forma parte de la democracia. Pero cuando dejamos de escuchar, de contrastar o de pensar con calma votamos más desde el impulso, el miedo o el enfado que desde la reflexión.

Vivimos además en una época de sobreinformación permanente. Nunca habíamos tenido tanto acceso a noticias, vídeos y opiniones políticas. Pero eso no siempre significa estar mejor informados. Porque entre tanta información también aparecen los bulos, la manipulación y los algoritmos que muchas veces solo nos enseñan aquello que confirma lo que ya pensamos.

Te confieso que desde hace mucho tiempo me hago esta pregunta: ¿por qué votamos a un partido y no a otro? No para señalar a nadie. Ni para decir que quien vota distinto es ignorante o mala persona. Ese error lo cometen demasiados políticos cuando pierden unas elecciones. La izquierda diciendo que la gente es tonta por votar a la derecha. La derecha diciendo exactamente lo mismo cuando gana la izquierda. 

En democracia las reglas son las que son. Con más o menos abstención, con votos en blanco, con enfado o con desilusión, al final decide la ciudadanía que vota y los resultados hay que respetarlos. 

Lo más responsable sería votar con la mayor información posible. Pero muchas veces votamos sin leer los programas electorales completos o comparar propuestas con calma. A veces votamos porque alguien nos cae bien o nos cae mal. Porque una frase conecta con nuestro enfado. Porque un vídeo nos emociona. Porque en nuestra casa siempre se votó igual. Porque sentimos cercanía con unas ideas determinadas. Y todo eso es humano.

El problema aparece cuando acabamos votando casi exclusivamente por un único tema que nos preocupa muchísimo en un momento determinado: La inmigración. La inseguridad. Los impuestos. La vivienda. O cualquier otro asunto que algunos partidos repiten constantemente hasta convertirlo casi en una emoción permanente.

Y mientras miramos solo hacia ahí, dejamos de prestar atención a otras medidas que también van dentro del paquete. Después llegan las sorpresas. “Yo esto no lo sabía.” “Yo no quería esto.” “Yo pensaba que…” Pero muchas veces estaba delante de nosotros desde el principio.

Por eso quizá deberíamos hablar mucho más de los programas electorales. Porque ahí es donde realmente aparece lo importante. Qué van a hacer con la vivienda. Con la sanidad. Con la educación. Con la dependencia. Con las pensiones. Con los impuestos. Y también qué modelo de sociedad defienden realmente.

Junto a eso habría que exigir algo bastante básico: honestidad. Porque prometer es fácil. Lo difícil es cumplir. Y cuando un partido pide el voto asegurando que va a hacer determinadas cosas y luego, al llegar al gobierno, hace justamente lo contrario, sentimos que nos engañaron. 

Quizá sería saludable que cada campaña electoral empezara con algo muy sencillo: explicar claramente qué prometieron hace cuatro años y qué han cumplido realmente. Sin marketing. Sin frases vacías. Sin maquillaje.

Y esto vale para todos los partidos. Para quienes gobiernan y también para quienes están en la oposición. Porque decir que todo está mal puede dar titulares y aplausos fáciles, pero no siempre ayuda a resolver problemas reales. Mucha gente ya no quiere vivir permanentemente enfadada. Quiere soluciones, equipos preparados y mucho sentido común.

Además la política se parece demasiado al fútbol. Como si hubiera que defender siempre a “los nuestros”, hagan lo que hagan. Y quizá ahí también deberíamos reflexionar un poco.

Porque al final nos jugamos la sanidad que tendremos cuando enfermemos. La vivienda que podremos pagar. La educación que recibirán nuestros niños. La ayuda que tendrá una persona mayor cuando la necesite. Las oportunidades de muchísima gente joven. Y la tranquilidad o la angustia con la que vivirán miles de familias.

A veces pensamos que determinadas cosas estarán ahí siempre. Pero basta mirar otros países para darse cuenta de que no es así. La sanidad pública, por ejemplo, no está asegurada. Depende de decisiones políticas. De prioridades. De presupuestos. 

Los partidos ya han entrado en campaña. Ahora nos toca a las y los ciudadanos entrar en otra distinta. No una campaña de insultos o fanatismos. Más bien una campaña de reflexión. De leer más. De contrastar más. De debatir más. De escuchar más. Y quizá también de pensar un poco mejor por qué votamos lo que votamos.

Ojalá llegue el momento en que las campañas electorales generen menos ruido… y más conciencia.