ELECCIONES DEL 29 N. ¿Un Gobierno que nos pida sacrificios?

"Un Gobierno que os pida sacrificios". Así presentó Alberto Núñez Feijóo el Gobierno que quiere presidir. Y yo, al escucharlo, no pude evitar preguntarme: ¿más sacrificios? ¿Todavía más? ¿Y quiénes tendremos que hacerlos? Porque hay millones de personas que llevan años sacrificándose para pagar el alquiler, llenar la nevera o llegar a fin de mes.

Lo preocupante es que no se trata de una declaración aislada. En julio de 2025, Cayetana Álvarez de Toledo, diputada del PP, preguntaba qué estaríamos dispuestos a sacrificar para defender la democracia y la libertad. Y mencionaba el bienestar, las vacaciones, los festivos y hasta la propia vida. Me parece gravísimo que derechos conquistados durante generaciones aparezcan entre las cosas a las que podríamos tener que renunciar.

Y ahora Ester Muñoz, portavoz del PP en el Congreso, asegura que el sistema de pensiones va a colapsar, que no funciona y que habrá que ser valientes para cambiarlo. Todo esto cuando estamos a las puertas de unas elecciones, ese momento en el que los partidos suelen prometer que nuestra vida va a mejorar.

Soy muy desconfiado y tengo razones. Me recuerda al cuento de "¡Que viene el lobo!". Que las pensiones van a colapsar, que el sistema no aguanta, que hay que sacrificarse, que vienen tiempos difíciles... Y temo que, de tanto repetirlo, acabemos convencidos de que perder derechos es inevitable. Que cuando lleguen los recortes, en lugar de preguntarnos si había otras soluciones, pensemos: "Bueno, ya nos habían avisado".

Pero yo niego la mayor. No creo que tengamos demasiados derechos ni que debamos resignarnos a perderlos. Creo que es una cuestión de prioridades, de cómo repartimos la riqueza y de qué decidimos financiar entre todos.

Ya tenemos antecedentes. Con la reforma de Mariano Rajoy, las pensiones podían subir apenas un 0,25 % anual mientras los precios aumentaban mucho más. Los pensionistas seguían cobrando, pero cada año podían comprar menos. No hace falta quitar un derecho de golpe para ir vaciándolo poco a poco.

Y eso es lo que me preocupa con la sanidad, la educación o la atención a la dependencia. Que se reduzcan los recursos, aumenten las esperas y terminemos recurriendo a servicios privados porque los públicos ya no dan respuesta. Al final, quienes tengan dinero podrán pagar y quienes no lo tengan deberán conformarse con lo que quede. No sería la desaparición de los servicios públicos, sino su deterioro progresivo.

Hablemos de dinero. Hacienda estima que la reforma del IRPF propuesta por Vox reduciría la recaudación en unos 85.000 millones de euros anuales. Si se pretende recaudar mucho menos y, al mismo tiempo, aumentar considerablemente el gasto militar, ¿cómo se van a mantener y mejorar las pensiones, los hospitales, los colegios y las ayudas sociales?

Porque bajar impuestos no significa necesariamente que vayamos a vivir mejor. Imaginen que una familia se ahorra 2.000 euros al año, pero termina gastando 5.000 en seguros médicos y un plan de pensiones. Ha ganado por un lado y perdido mucho más por el otro.

Hay otra cosa que me preocupa casi tanto como los anuncios de sacrificios: cómo nos estamos acostumbrando a aceptar condiciones de vida que deberían indignarnos.

Lo comprobé con los comentarios que provocó el artículo de Mari Carmen. Algunos la llamaban aprovechada porque pagaba unos 500 euros de alquiler en un buen barrio. ¡Como si el problema fuera que ella pagaba poco y no que tantas familias tengan que pagar 1.500 euros o más! En lugar de aspirar a que todos podamos acceder a una vivienda a un precio razonable, terminamos insultando a alguien que todavía pudiera hacerlo.

Y ocurre algo parecido cuando se desprecia a quien cobra una prestación por desempleo, como si fuera un regalo y no un derecho ligado a sus cotizaciones. Y si alguien rechaza un trabajo con un sueldo miserable o condiciones indignas, enseguida aparece quien lo llama gandul.

Por eso me inquieta que se hable con tanta facilidad de sacrificar vacaciones, festivos o bienestar. Esos derechos no cayeron del cielo. Hubo generaciones que lucharon para conseguir una jornada limitada, descanso, salarios dignos y protección cuando llegaran la enfermedad o la vejez. ¿De verdad vamos a aceptar que el progreso consista ahora en retroceder?

Piensen en algo que puede ocurrirnos a cualquiera. Mañana nos diagnostican un cáncer, o se lo diagnostican a nuestra pareja, a nuestra madre o a uno de nuestros hijos. De repente, lo único importante es recibir las pruebas y los mejores tratamientos posibles. Y tenemos una tranquilidad enorme: podemos acudir a la sanidad pública sin necesitar una fortuna para intentar curarnos.

Hoy podemos estar bien, pero mañana cualquiera de nosotros puede necesitar que los demás estén ahí.

Eso es el Estado del bienestar. Mejorable, por supuesto, pero no es caridad ni una colección de "paguitas". Es un compromiso entre personas que saben que no siempre serán jóvenes, sanas o capaces de trabajar. Una sociedad en la que contribuimos entre todos para que nadie quede abandonado cuando más necesita ayuda.

Entiendo el enfado con el Gobierno. Los alquileres son disparatados, muchos salarios no alcanzan, las listas de espera desesperan y las ayudas a la dependencia llegan tarde. Hay motivos para exigir cambios. Pero si votamos para castigar a quienes no han resuelto esos problemas, conviene preguntarnos qué proponen quienes quieren sustituirlos.

Si nos quejamos de la sanidad, necesitamos saber cómo van a mejorarla. Si no podemos pagar el alquiler, qué soluciones ofrecen. Si nos preocupa nuestra jubilación, qué significa exactamente cambiar el sistema de pensiones. No vaya a ser que, por castigar a un Gobierno, terminemos castigándonos nosotros mismos.

Porque vivir no puede consistir únicamente en trabajar, pagar facturas y esperar al siguiente sueldo. Estamos aquí de paso. Necesitamos tiempo para nuestros hijos, nuestros padres, los amigos, para descansar, disfrutar y acompañarnos. Una sociedad que progresa debería permitirnos vivir mejor, no convencernos de que tenemos que renunciar a todo eso.

Miren el dibujo que acompaña este artículo. Unas personas sostienen sobre sus hombros el edificio de la democracia mientras otras descansan cómodamente encima. Es una caricatura, pero resume perfectamente la cuestión.

Cuando escucho hablar de sacrificios, pienso en quienes llevan años haciéndolos. En quienes trabajan y no pueden pagar una vivienda. En quienes cuidan a un familiar sin apenas ayuda. En quienes temen enfermar, perder su empleo o llegar a la vejez sin recursos.

Nuestros padres y abuelos lucharon para que tuviéramos más derechos y una vida mejor que la suya. No nos dejaron una sociedad perfecta, pero sí conquistas que merecen ser defendidas y mejoradas. La democracia y la libertad no deberían convertirse en una excusa para pedirnos que renunciemos a ellas.

Tenemos derecho a saber por qué tenemos que sacrificarnos, para qué sirve ese sacrificio, quién lo paga y quién se beneficia.