ELECCIONES DEL 29 N. Antes de votar, piensa en la vida que quieres.

Estudia, esfuérzate, encuentra un trabajo y podrás salir adelante. Durante mucho tiempo esa fue la promesa. No significaba que fueras a convertirte en rico, pero sí que pudieras independizarte, formar una familia si querías y llegar a final de mes sin vivir permanentemente asustado. Nunca estuvo al alcance de todos, pero existía esa esperanza. Hoy demasiadas personas hacen lo que se les pidió y, aun así, no consiguen construir su proyecto de vida.

Hay jóvenes con estudios y trabajo que siguen viviendo con sus padres. Parejas que aplazan tener hijos porque las cuentas no salen. Personas que cobran y, después de pagar el alquiler, apenas tienen para lo imprescindible. Su problema no es que les falte esfuerzo. Ya se están esforzando. El problema es que aun trabajando no pueden salir de la pobreza porque se dejan casi todo el sueldo en pagar un techo.

Por eso creo que estas elecciones van mucho más allá de un cambio de turno o un voto de castigo. “Estos lo han hecho mal, que entren los otros”. Entiendo el enfado con el Gobierno. Pero votar al PP y a Vox, a mi juicio, significa reforzar una forma de entender la economía que enriquece más a quienes ya tienen mucho y deja al resto más pobre. Un capitalismo cada vez más salvaje, donde la vivienda, la salud o los cuidados se convierten en oportunidades de negocio.

¿Queremos un Gobierno que se ocupe de que podamos vivir mejor o uno que confíe en que, favoreciendo a los de arriba, algo acabará llegando a los demás? Porque llevamos demasiado tiempo esperando ese reparto. Y mientras esperamos, apenas podemos pagar el alquiler o la hipoteca, hacer la compra y mirar cuánto queda en la cuenta.

Este modelo económico olvidó a su gente. Eso es lo que siento cuando crecen los beneficios de unos pocos, pero la mayoría renunciamos a unas vacaciones, aplazamos el dentista o siguen compartiendo piso.

A eso me refiero cuando hablo de un contrato social que se está rompiendo. Yo trabajo, cumplo mis obligaciones y pago mis impuestos. Necesito que ese esfuerzo me permita vivir con dignidad y que haya unos servicios que me protejan cuando enferme, envejezca o necesite ayuda. No estoy pidiendo un privilegio. Estoy pidiendo que cumplir con mi parte sirva para algo.

Ese acuerdo se sostiene, entre otras muchas cosas, con sanidad, educación, pensiones y cuidados. Eso es el Estado del bienestar: poder recibir un tratamiento o una operación sin arruinarnos; que nuestros hijos estudien aunque no tengamos dinero para un colegio privado; que una enfermedad o una vejez difícil no hipotequen a toda una familia. Son derechos que hemos construido y que podemos perder si dejamos de defenderlos.

Privatizar no siempre llega con un anuncio que diga: “A partir de mañana tendrán que pagarlo todo”. Recortan lo público para que se deteriore: una consulta que tarda demasiado, una ayuda que nunca llega, una familia que acaba contratando por su cuenta lo que necesita.

Y ahí aparece la trampa. Te prometen pagar menos impuestos, pero necesitas gastar más dinero en servicios que antes recibías y pagábamos entre todos. Quien tiene ingresos suficientes encuentra una salida. Quien no, espera, renuncia o pide caridad. Por eso defiendo un Gobierno que refuerce lo público. Nuestra tranquilidad no puede depender de que siempre tengamos dinero ni de que nunca nos pase nada.

Me niego a aceptar una sociedad que deje a una parte importante de su población sobreviviendo gracias a Cáritas o al Banco de Alimentos mientras otros hacen fortuna con necesidades básicas. Una familia necesita derechos, ingresos suficientes y oportunidades para salir adelante, además de ayuda cuando sufre una emergencia.

Lo que ocurre en Francia y en otros países europeos debería hacernos pensar. Las movilizaciones muestran un malestar que alcanza a muchos sectores. No podemos ridiculizarlo diciendo que son cuatro alborotadores. No creo que ese descontento vaya a desaparecer mientras sigan sus causas. Cuando una persona trabaja y no consigue vivir dignamente, la frustración crece. Cuando una generación ve que estudiar tampoco le abre un camino, pierde confianza. Nada justifica la violencia. Pero los Estados están obligados a buscar soluciones antes de que la desesperación ocupe el lugar de la esperanza.

Tampoco podemos acostumbrarnos a que sea prioritario aumentar el gasto militar mientras se recortan las partidas destinadas a atender las necesidades sociales. El compromiso de la OTAN de llegar al 5 % del PIB en defensa obliga a explicar cómo se financiará. Quiero saber qué proponen el PP y Vox, cómo piensan hacerlo, quién pagará ese sacrificio y qué consecuencias tendrá.

Cuando Vox dice que va a sacar la motosierra como símbolo de sus recortes, yo veo una razón para preocuparme. Porque después pueden llegar las sorpresas: “Yo los voté, pero no quería esto. No quería que nos bajaran el sueldo. No quería que congelaran las pensiones ni tener que trabajar hasta los 70 años. No quería que empeorara la atención sanitaria ni tener que pagar miles de euros por un tratamiento. No quería que trataran así a mi vecino…”.

Un voto no puede entenderse como un cheque en blanco para hacer cualquier cosa. Tienen que comprometerse antes de las elecciones. Es importante saber qué modelo piensan aplicar. El PP y Vox dan demasiado espacio al negocio privado y rinden demasiada pleitesía a los ultrarricos que controlan el poder económico. Yo, en cambio, quiero que la política pueda ponerles límites cuando sus ganancias se consiguen a costa de nuestra vida. El dinero que le sobra a ese grupo selecto es el que falta para que la mayoría podamos vivir dignamente.

Y aquí también está en juego la democracia. Si la gente vota, trabaja y cumple, pero siente que nadie atiende sus problemas, acaba preguntándose para qué sirve todo esto. Ese desencanto abre la puerta a quienes prometen arreglarlo todo mandando más y escuchando menos. Defender la democracia exige que la gente pueda reconocer su utilidad en la vida diaria.

Necesitamos un Gobierno que mire por la gente. Que trabaje para que tener un empleo permita vivir, que cuide los servicios públicos y que no abandone a quien necesita apoyo. Podemos estar decepcionados con quienes gobiernan y exigirles mucho más. Pero entregar el poder a quienes, a mi juicio, potenciarán el modelo neoliberal que nos está ahogando puede hacernos pagar dos veces: primero por lo que ya sufrimos y después por los derechos que perdamos.

Eso es lo que está en juego. Que nuestra vida tenga más garantías o que cada cual tenga que arreglárselas con lo que pueda pagar. Y yo no quiero un país donde el derecho a vivir tranquilo dependa del dinero que tengas.

No quiero un país donde cada vez haya más niños creciendo en la pobreza, jóvenes sin futuro que tengan que emigrar para buscarse la vida, personas mayores sin atención que vivan y mueran solas en sus casas o jubilados que tengan que volver a trabajar porque la pensión no les alcanza. No quiero ver a tanta gente sufrir mientras unos pocos son cada vez más ricos. Esa desigualdad no es el futuro que quiero para mi país. Y también en eso debemos pensar antes de votar.