Dentro de nueve meses

A veces imagino que la inteligencia artificial nació en una reunión de las cuatro personas más ricas del mundo. Uno preguntó: “¿Cómo podemos ganar más dinero?”. Otro respondió: “Reduciendo costes”. “¿Y uno de los mayores costes?”. “Los trabajadores”. Y a alguien se le ocurrió la maravillosa idea: “Inventemos algo que trabaje las veinticuatro horas, no cobre salario, no tenga vacaciones, no enferme, no tenga hijos, no haga huelgas y jamás pida trabajar menos horas”. Evidentemente, la inteligencia artificial no nació así. Pero reconocerás que algunas veces lo parece.

Y que conste que no estoy contra las máquinas. Si un robot puede evitar que una persona haga un trabajo peligroso, pesado o repetitivo, bienvenido sea. El problema aparece cuando una empresa que necesita quinientos trabajadores puede producir lo mismo con veinte y quizá algún día con cinco. Para la empresa parece un negocio redondo. Para los otros 495, no tanto.

Durante siglos soñamos con máquinas que trabajaran por nosotros. Quizá el problema no sea conseguirlo, sino descubrir que los beneficios terminarán mayoritariamente en manos los dueños de las máquinas.

Pero empiezo a pensar que incluso el empleo podría terminar siendo una preocupación menor. Todo está ocurriendo a una velocidad difícil de asimilar. Piensa en lo que ocurría hace cinco o diez años. Ahora, por ejemplo, el teléfono es cámara, banco, oficina, periódico, televisión, navegador y casi en una prolongación de nosotros mismos. La inteligencia artificial nos permite consultar todas las dudas, escribir, traducir, diseñar, crear imágenes, analizar documentos o hacer en minutos cosas para las que hasta hace muy poco necesitábamos horas, conocimientos especializados o contratar a alguien.

Antes nos preguntábamos cómo sería el mundo dentro de diez o veinte años. Ahora esos plazos empiezan a parecer enormes y la pregunta es cómo será dentro de nueve meses. Nueve meses es lo que tarda en gestarse una nueva vida. Y, viendo la velocidad a la que avanza la inteligencia artificial, cuesta imaginar qué puede estar gestándose ahora mismo y qué tendremos delante cuando transcurra ese mismo tiempo.

En estas semanas ha ocurrido algo que debería, como mínimo, hacernos levantar una ceja. Algunas de las personas que están construyendo las inteligencias artificiales más avanzadas del planeta empiezan a decir que quizá estamos corriendo demasiado. Expertos internacionales advierten de que sistemas futuros con mucha autonomía podrían llegar a actuar fuera de nuestro control y provocar consecuencias catastróficas. Otros especialistas consideran exagerados esos escenarios y recuerdan que no existen pruebas para anunciar el fin de la humanidad. Conviene escucharlos también.

Yo no soy informático ni ingeniero y reconozco que muchas veces me pierdo entre tantos términos técnicos. Pero hay algo que entiendo perfectamente: cuando quienes fabrican el coche empiezan a preguntarse si funcionan los frenos, los que viajamos dentro tenemos derecho a preocuparnos.

Y ya han sucedido cosas. Anthropic ha reconocido incidentes durante pruebas de ciberseguridad en los que sus modelos terminaron accediendo sin autorización a sistemas informáticos reales. También se está utilizando la IA para realizar ataques informáticos cada vez más complejos y con menos intervención humana. Eso no significa que una máquina haya decidido rebelarse contra nosotros. Pero sí demuestra que estamos construyendo sistemas cada vez más capaces sin tener todavía la seguridad de poder controlar todo lo que hagan.

Ahora piensa en nuestra vida cotidiana. Bancos, electricidad, hospitales, comunicaciones, transportes, administraciones, supermercados... prácticamente todo depende ya de sistemas informáticos. No hace falta imaginar robots persiguiéndonos por la calle. Bastaría con que durante unas horas no pudiéramos pagar, sacar dinero o comunicarnos; que fallara la red eléctrica o una torre de control aéreo. Y súmale algo todavía más inquietante: la inteligencia artificial ya forma parte de sistemas militares, de vigilancia, selección de objetivos y armas cada vez más autónomas. No estamos hablando de una película que quizá vean nuestros nietos.

Mientras discutimos si los riesgos son exagerados aparece otra cuestión: el dinero. Las mismas grandes empresas que desarrollan la inteligencia artificial y nos advierten de sus peligros quieren participar también en cómo debemos protegernos de ella. ¿Cuánto hay de preocupación y cuánto de negocio? Porque cuanto más peligrosa parezca la IA, más necesitaremos a quienes saben cómo controlarla. Y si garantizar su seguridad cuesta millones, solo los grandes podrán hacerlo. 

Sería una paradoja extraordinaria: crear una tecnología capaz de generar el problema y terminar vendiéndonos también la solución. No afirmo que ese sea el plan. Pero las empresas quieren ganar dinero, los inversores quieren recuperar sus inversiones y los países quieren poder. Si una compañía frena mientras otra continúa, puede quedarse atrás. Si Estados Unidos limita su desarrollo mientras China acelera, o al revés, aparece el miedo a perder la carrera. Y si una empresa puede producir más gastando menos, lo hará siempre que pueda. No hace falta una conspiración. Bastan los incentivos.

Quizá por eso me cuesta creer en los finales felices. Me gustaría escribir que los gobiernos se pondrán de acuerdo, establecerán límites internacionales y utilizaremos esta extraordinaria tecnología para curar enfermedades, combatir el cambio climático, eliminar trabajos penosos y conseguir que todos trabajemos menos y vivamos mejor. Sería precioso. Pero no me lo creo. En pleno siglo XXI seguimos haciendo guerras por territorio, recursos, dinero y poder; millones de personas siguen pasando hambre y seguimos deteriorando el planeta aun conociendo muchas de las consecuencias.

Mi mayor preocupación es que estemos poniendo una herramienta cada vez más poderosa en manos de la misma clase de personas que aprendieron a liberar la energía atómica y fueron capaces de utilizar ese conocimiento para producir electricidad, pero también para fabricar bombas que destruyeron ciudades enteras.

Yo utilizo inteligencia artificial. Me ayuda a buscar información, ordenar ideas y resolver problemas. Me parece fascinante y no quiero renunciar a sus posibilidades. Precisamente por eso me preocupa la velocidad, los intereses y esa carrera por llegar antes que los demás. Quizá la inteligencia artificial termine ayudándonos a vivir mucho mejor. O quizá descubramos demasiado tarde que fuimos capaces de crear algo que nos destruyó.

Lo sorprendente es que todo esto ya no pertenece a un futuro lejano. Está ocurriendo. Cada avance empuja al siguiente y detrás hay demasiado dinero, demasiado poder y demasiados intereses como para confiar simplemente en que alguien sabrá cuándo ha llegado el momento de parar.

No sé cómo será nuestro mundo dentro de diez años. Pero, viendo la velocidad que llevamos, ¿Qué mundo estaremos alumbrando dentro de nueve meses?