¿Dónde, cómo y con quién queremos envejecer?

Queremos vivir muchos años, pero no queremos hacernos viejos. Quizá esa contradicción diga mucho de la sociedad que hemos construido. Disimulamos las arrugas, teñimos las canas, combatimos la caída del pelo y recurrimos a tratamientos y operaciones para aparentar algunos años menos. Envejecer parece haberse convertido casi en algo que tenemos que esconder.

La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada dos personas mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores. Es decir, que las miramos con pena, las infantilizamos o, demasiadas veces, empezamos a considerarlas poco menos que una carga. Curioso que después de toda una vida contribuyendo a construir esta sociedad, cumplir ochenta años pudiera convertir a esa persona de repente en un problema.

Pero hay otro fenómeno que debería preocuparnos tanto o más: la soledad. Las familias han cambiado. Se tienen menos hijos, vivimos más lejos unos de otros, trabajamos muchas horas y aquellas redes familiares en las que distintas generaciones convivían o permanecían cerca son hoy más difíciles de ver. Las familias continúan sosteniendo una enorme parte de los cuidados, pero no siempre pueden llegar a todo.

Y cuando la familia no llega, esperamos que llegue la Administración. Residencias, centros de día, ayuda a domicilio, teleasistencia, asistencia personal, prestaciones por dependencia... Son recursos imprescindibles que debemos reforzar, pero que tristemente no llegan a todos ni con la intensidad necesaria.

Si la familia no puede hacerlo todo y la Administración tampoco, ¿quién cuida? Quizá nos falte mirar hacia un tercer espacio que durante siglos resultó fundamental y que nuestra forma de vida ha ido debilitando: la comunidad.

No se trata, por supuesto, de que los vecinos sustituyan a los profesionales ni de convertir la solidaridad en trabajo gratuito. Una persona dependiente necesita profesionales, servicios públicos y recursos suficientes. Pero hay cosas que ninguna Ley de Dependencia puede concedernos: amigos, relaciones, pertenencia, sentirnos útiles, tener con quién tomarnos un café o simplemente saber que alguien se dará cuenta si llevamos tres días sin salir de casa.

Tampoco todos queremos envejecer de la misma manera. Habrá quien prefiera una residencia que le proporcione tranquilidad, compañía y cuidados. Quien quiera vivir solo o junto a su pareja en su casa mientras pueda. Quien tenga clarísimo que desea permanecer en su barrio. O quien quiera construir una nueva comunidad con otras personas.

En Gran Canaria tenemos una experiencia interesante de esta última opción. Los Girasoles, en Firgas, es una cooperativa de cohousing sénior cuyos integrantes llevan años conociéndose y preparándose para vivir y envejecer juntos. Será en unos apartamentos privados y compartiendo espacios, servicios, actividades y decisiones. Conozco a varias de las personas que participan en el proyecto, les deseo toda la suerte del mundo y creo que iniciativas como esta merecen el apoyo de las administraciones.

Para mí hay algo especialmente revelador detrás del auge de experiencias como esta: la necesidad de volver a sentirnos parte de una comunidad. Crear intencionadamente una comunidad nueva para envejecer juntos puede ser también la expresión de un deseo, incluso de un anhelo, por recuperar algo que durante mucho tiempo formó parte de nuestra manera cotidiana de vivir.

Estaba en los pueblos y en los barrios. En el vecino que conocía al de enfrente, en los niños jugando en la calle, en la tienda de la esquina, en la plaza, en la asociación vecinal, en la parroquia, en las fiestas y en las conversaciones en el bar o a la puerta de casa. Algo de aquello permanece, probablemente más en algunos pueblos y barrios pequeños, pero nuestra forma de vida, especialmente en las ciudades, lo ha ido debilitando.

Quizá estemos echando de menos precisamente eso: sentir que pertenecemos a algún sitio y que importamos a quienes viven a nuestro alrededor. Ojalá podamos seguir viviendo en nuestra casa, en nuestro barrio o en nuestro pueblo sin tener que renunciar a sentirnos acompañados, activos y parte de una comunidad.

Y ahí tenemos mucho por hacer. Porque recuperar comunidad requiere ciudadanos dispuestos a participar, asociaciones vivas y capacidad de autogestión, pero también ayuntamientos que entiendan que construir comunidad es una de las mejores inversiones que pueden hacer.

A veces medimos la actividad de un municipio por sus grandes eventos: conciertos, festivales, fiestas multitudinarias... Todo eso puede estar muy bien. Pero quizá sea todavía más importante lo que ocurre cualquier lunes por la tarde en cualquiera de nuestros barrios.

Que la asociación vecinal esté abierta. Que haya baile, pintura, música, teatro, lectura, deporte y el sábado una excursión. Huertos comunitarios, plazas llenas de vida, instalaciones deportivas, centros socioculturales, lugares donde encontrarnos y fiestas que no se organicen simplemente para los vecinos, sino con los vecinos. Que cada semana pasen cosas.

Y eso también necesita inversión. Educadores sociales, animadores socioculturales y otros profesionales capaces de dinamizar los barrios, acompañar a las asociaciones, conectar personas e impulsar iniciativas. Porque invertir en comunidad también es prevenir. Prevenir soledad, aislamiento, sedentarismo y problemas de salud física y emocional. Tener motivos para salir de casa, relaciones que mantener, actividades que nos ilusionen y un lugar donde sentirnos útiles puede ser una extraordinaria política social y de salud.

No se trata de llenar los barrios de actividades para mayores. Precisamente se trata de lo contrario: de mezclarnos. ¿Por qué niños por un lado, jóvenes por otro, adultos por otro y mayores por otro? Un adolescente puede ayudar a una persona de ochenta años con determinadas tecnologías. Pero esa persona puede enseñarle a cultivar, cocinar, reparar algo, contarle la historia de su pueblo o proporcionarle algo que ningún tutorial puede ofrecerle: la experiencia de haber vivido. No se trata de llevar jóvenes a “ayudar a los viejos”. Esa mirada se nos queda pequeña. Se trata de encontrarnos.

Recuperar comunidad tampoco significa volver al pasado. No queremos regresar a un modelo en el que los cuidados recaían casi exclusivamente sobre las mujeres. Queremos conservar lo mejor de aquella comunidad incorporando todo lo que hemos avanzado: derechos, servicios públicos, profesionales y autonomía personal.

Frente al individualismo, el egoismo y la soledad, quizá necesitemos algo tan sencillo y tan difícil como más convivencia, más participación y más comunidad. Porque prepararnos para envejecer no consiste solamente en decidir dónde, cómo y con quién queremos hacerlo. Consiste también en empezar a construir hoy la comunidad en la que nos gustaría vivir mañana.