El otro día, al pasar por la terraza de una cafetería, me fijé en una mesa con cuatro personas. Las cuatro estaban mirando el móvil. Durante varios minutos apenas hablaron entre ellas. Me llamó la atención porque estaban juntas, pero daba la impresión de que cada una estaba en un lugar distinto.
Lo curioso es que no me pareció una escena extraña. Al contrario. La veo todos los días. Y, precisamente por eso, me preocupó.
¿Cuántas cosas estamos normalizando sin darnos cuenta?
Sería muy fácil escribir este artículo culpando a los móviles. El problema es que no sería justo. Porque yo también lo hago. Más veces de las que me gustaría reconocer.
A veces estoy hablando con alguien y, casi sin darme cuenta, la mano va sola al bolsillo. Ni siquiera porque haya sonado una notificación. Después me doy cuenta y guardo el teléfono. Intento corregirlo porque, si soy sincero, cuando me lo hacen a mí tampoco me gusta. Durante unos segundos siento que la conversación deja de ser lo más importante.
Hace unos días iba paseando con mis perros. Ellos se paraban a oler una planta, descubrían un rastro, levantaban la cabeza cuando pasaba alguien y disfrutaban del paseo como si fuera la primera vez. Yo, en cambio, llevaba varios minutos mirando el móvil mientras caminaba. De repente levanté la vista. El camino seguía siendo el mismo. Los árboles, el viento y mis perros seguían allí. El que no había estado era yo. Guardé el teléfono y seguí caminando. Volví a escuchar los pájaros, a mirar alrededor y a disfrutar del paseo con ellos.
Otro día llegué a un mirador. La vista era espectacular. ¿Sabes cuál fue mi primer gesto? Sacar el móvil para hacer una foto. Después otra. Y otra más. Cuando terminé, me di cuenta de que había dedicado más tiempo a intentar guardar aquel momento que a vivirlo.
Hace poco también entré en la sala de espera de una consulta médica. Éramos unas diez personas. Nadie hablaba. Nadie levantaba la vista. Todos mirábamos una pantalla. Recordé que, hace años, era relativamente frecuente acabar hablando con quien se sentaba al lado. A veces surgía una conversación interesante. Otras veces no. Pero aquella posibilidad existía.
Y hace apenas unos días me detuve con el coche en un paso de peatones. Una pareja mayor empezó a cruzar despacio. Él caminaba con dificultad. Ella iba a su lado, pendiente de su paso, esperando sin prisas. No dijeron una sola palabra. No les hizo falta. Mientras esperaba pensé que, probablemente, llevaban toda una vida aprendiendo a caminar juntos.
Cinco escenas diferentes. Y una misma pregunta. ¿Estamos perdiendo la costumbre de estar plenamente en el momento presente?
Los hábitos son curiosos. Al principio los elegimos nosotros. Después son ellos los que nos llevan de la mano. No dejamos de estar presentes de un día para otro. Ocurre poco a poco, casi sin darnos cuenta.
La buena noticia es que también podemos cambiarlos. No de golpe. No mañana. Pero sí empezando por algo tan sencillo como volver a estar presentes cuando la vida está ocurriendo delante de nosotros.
No cambiaría toda la tecnología que tenemos por volver atrás. Sería absurdo. Nos facilita la vida, nos ayuda a aprender, nos acerca a quienes están lejos y resuelve problemas que hace unos años parecían imposibles.
Lo único que no me gustaría perder es la costumbre de estar de verdad donde estoy. Porque ninguna pantalla puede mantener una conversación por nosotros, abrazar a una amiga o a un amigo que está pasando un mal momento o sustituir una sobremesa que se alarga porque nadie tiene prisa por marcharse. Todo eso sigue dependiendo de nosotros.
Y quizá ahí haya una reflexión que va mucho más allá de los móviles.
Llevamos años aprendiendo idiomas, estudiando, mejorando profesionalmente, cuidando nuestra salud y adaptándonos a los cambios tecnológicos. Todo eso es necesario y merece la pena.
Pero apenas dedicamos tiempo a entrenar capacidades que utilizamos cada día: escuchar con atención, conversar sin prisas, pensar antes de responder, reconocer un error, convivir con quien piensa diferente o estar plenamente cuando compartimos un momento con otra persona.
Así como entrenamos el cuerpo para vivir más años, también podemos entrenar nuestras capacidades humanas para vivir esos años con más sentido y convivir mejor con los demás.
No creo que esas capacidades aparezcan por arte de magia. Igual que fortalecemos los músculos con el ejercicio, también podemos fortalecer nuestra paciencia, nuestra empatía, nuestra capacidad de escuchar y nuestro pensamiento crítico. Quizá ese sea uno de los grandes retos de nuestro tiempo.
Por todo esto, ahora intento hacer una cosa muy sencilla. Cuando noto que la mano va hacia el bolsillo, me hago una pregunta: «¿Puede esperar?». Muchas veces la respuesta es sí. Otras veces vuelvo a caer. Los hábitos no cambian de un día para otro. Pero ahora, al menos, me doy cuenta. Sonrío, guardo el teléfono y vuelvo a donde realmente quiero estar.
A veces creemos que cambiar el mundo exige hacer cosas extraordinarias. Yo empiezo a pensar que también puede comenzar regalando toda nuestra atención a una conversación, a un paseo o a la persona que tenemos delante.
Porque hay una pregunta que no deja de rondarme la cabeza.
¿Cuántos momentos importantes nos estaremos perdiendo?