Tienes opinión sobre casi todo. Sobre política, vivienda, inmigración, impuestos, educación, sanidad, cambio climático, fútbol,... Yo también. Y la mayoría de las veces las defendemos convencidos de que tenemos razón.
Pero, ¿te has planteado por qué pensamos así?
Si alguien me pidiera que explicara por qué tengo esa opinión, ¿sería capaz de hacerlo?
Seguro que alguna vez te ha pasado. Estás hablando con alguien. Defiende una idea con total seguridad. Le preguntas por qué piensa eso. Insistes un poco más. Y, de repente, aparecen respuestas como: "Todo el mundo lo sabe", "Lo dijeron en la televisión", "Lo vi en un vídeo". "Se lo escuché a fulanito" o "Es de sentido común".
Y ahí me doy cuenta de que muchas veces defendemos una opinión, pero no sabemos muy bien de dónde ha salido.
Hace unos días me acordé de una teoría llamada "La ventana de Overton". Explica cómo una idea que hoy nos parece impensable puede ir entrando poco a poco en la conversación, en el "imaginario colectivo", hasta acabar pareciéndonos normal.
Por ejemplo, corremos el riesgo de empezar a aceptar como normales cosas que hace unos años nos habrían indignado: Que una familia no pueda acceder a una vivienda. Que esperar meses para una consulta médica sea habitual. O que haya quien crea que puede decidir qué personas merecen respeto, derechos o solidaridad.
¿Quién intenta influir en lo que pensamos? La respuesta es sencilla: prácticamente todos. Los partidos políticos. Las empresas. Los medios de comunicación. Las redes sociales. Los algoritmos. Los influencers. La publicidad. Todos intentan convencernos de algo: que les votemos, que compremos un producto, que compartamos un vídeo o que veamos la realidad como ellos la ven. Y eso no tiene por qué ser malo.
Si hoy disfrutamos de derechos que hace unas décadas parecían imposibles es porque hubo personas que lograron cambiar la forma de pensar de la sociedad. El problema no es influir. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos por qué pensamos lo que pensamos.
El otro día fui a cortarme el pelo. Mientras esperaba, sonaba una emisora de radio muy posicionada políticamente. Pensé que, si el peluquero escucha esa emisora ocho horas al día, es lógico que muchas de sus opiniones coincidan con lo que oye allí. Igual que me ocurre a mí con las fuentes que elijo para informarme.
También tengo un amigo que me envía vídeos criticando al Gobierno. Empecé a mirar quienes los hacían. Le pregunté qué credibilidad les daba cuando hablaban de datos o hacían determinadas afirmaciones. Su respuesta fue inmediata: "Total".
Nos pasa en política, pero también en muchos otros ámbitos de la vida. Primero decidimos con quién estamos. Después empezamos a leer, escuchar y compartir todo aquello que confirma que hemos elegido bien. Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de prestar atención a quienes podrían desmontar alguna de nuestras certezas.
Es mucho más cómodo que alguien nos dé la razón que descubrir que estábamos equivocados. Por eso tendemos a rodearnos de personas, medios de comunicación y perfiles en redes sociales que piensan como nosotros. Nos hacen sentir seguros. El problema es que también pueden impedirnos seguir aprendiendo.
Por eso cada vez intento escuchar también a quienes no piensan como yo. Lo hago porque muchas veces me ayudan a descubrir cosas que yo no había visto, a hacerme mejores preguntas y, en ocasiones, a corregir algún error.
Pensar lleva tiempo. Hay que leer, escuchar, comparar datos, contrastar fuentes y aceptar que, a veces, podemos estar equivocados. También reconocer que hay asuntos sobre los que todavía no sabemos lo suficiente como para tener una opinión fundamentada.
Es bueno preguntarnos si nuestras opiniones están apoyadas en hechos, datos y argumentos o simplemente en mensajes que hemos escuchado tantas veces que hemos acabado haciéndolos nuestros.
Porque esa diferencia puede cambiar muchas cosas. Puede cambiar la forma en la que votamos, la manera en la que educamos a nuestros hijos o cómo hablamos de inmigración, vivienda o sanidad. Incluso puede cambiar la forma en la que tratamos a quienes piensan distinto.
Sería muy cómodo pensar que esto solo les ocurre a los demás. Pero no. Estoy convencido de que yo también tengo ideas que nunca he revisado y prejuicios que ni siquiera sé que tengo.
Porque no todos partimos del mismo lugar. La familia en la que crecimos, el barrio, los amigos, el colegio, la pareja, los hijos, el trabajo, las dificultades o las oportunidades que nos ha dado la vida también influyen en cómo vemos el mundo.
A veces pienso que, si hubiera nacido en otro lugar, con otra historia o con otras circunstancias, probablemente algunas de mis opiniones serían distintas.
No sé si después de leer estas líneas pensarás igual que antes. Lo que sí me gustaría es que, de vez en cuando, empezando por mí, nos hiciéramos una pregunta muy sencilla: ¿Por qué pienso esto?
No para cambiar de opinión por sistema. Ni para vivir dudando de todo. Simplemente para comprobar si lo que defendemos se sostiene sobre hechos, datos y argumentos o si, sin darnos cuenta, hemos acabado repitiendo lo que otros llevan tiempo diciéndonos.
Puede que la respuesta refuerce lo que ya creemos. O puede que nos obligue a revisar alguna opinión. En cualquiera de los dos casos habremos ganado algo.
Y es que nunca había sido tan fácil influir en la forma de pensar de millones de personas. Por eso, hoy necesitamos más que nunca sentido común, pensamiento crítico y la humildad de hacernos preguntas.
No me preocupa que pensemos diferente. Lo que me preocupa es que dejemos de hacernos preguntas y de buscar la verdad.