Cada vez que una mujer es asesinada por su pareja o expareja me estremece. Me imagino todo lo que tuvo que ocurrir antes para que una historia pudiera terminar así. Y, sobre todo, me pregunto qué más podríamos haber hecho para que nunca llegara hasta ese punto.
La violencia de género existe. Los datos muestran una dimensión que no podemos negar y detrás de ella existe también una cultura machista que durante demasiado tiempo normalizó los celos, la posesión, el control o determinadas formas de violencia del hombre sobre la mujer.
Cuando existe violencia tenemos que proteger a quien la sufre. Necesitamos órdenes de alejamiento, pulseras, policías, juzgados y condenas. Pero una sociedad no puede conformarse con intervenir únicamente cuando el miedo ya existe. Tenemos que llegar antes. Mucho antes.
Pero quizá deberíamos dedicar todavía más esfuerzos a la prevención: antes del primer golpe, antes de la primera amenaza o incluso antes de que una mujer piense que separarse puede ser más peligroso que quedarse.
Detrás del asesinato de Laura Cruz, guardia civil, a manos de su expareja había años de denuncias, procedimientos judiciales, medidas de protección, conflictos y mucho miedo. Durante un tiempo su expareja llevó una pulsera telemática. Laura pidió que aquella protección se mantuviera. Sin embargo, no se consideró que existiera un riesgo objetivo suficiente para justificar la medida. Meses después fue asesinada.
Laura no es una terrible excepción. Desde que comenzaron los registros oficiales en España, 1.372 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Pero las cifras de asesinatos, siendo la expresión más terrible de esta violencia, pueden hacernos olvidar algo. A todas las que siguen vivas.
A las que todavía continúan dentro de la relación y están sufriendo. A las que llevan meses o años midiendo lo que dicen para evitar una discusión o aceptando que alguien controle dónde están, con quién hablan o cuánto tardan en regresar. A las que llevan mucho tiempo pensando en marcharse y todavía no se atreven. Y también a las que consiguieron hacerlo, pero descubrieron que separarse no significaba necesariamente que el miedo terminara. La relación acabó. El conflicto no.
Desde fuera resulta demasiado fácil preguntar: “¿Por qué no lo deja?”. Quizá deberíamos preguntarnos qué cree ella que ocurrirá cuando lo deje. Porque ella lo conoce. Sabe cómo reacciona cuando pierde el control. Conoce sus celos, sus amenazas o su obsesión. Puede temer por sus hijos, por su vivienda, por su estabilidad económica o sencillamente por su vida. Puede incluso llegar a pensar algo terrible: que separarse es más peligroso que quedarse. Una cosa es ser libre para marcharse sobre el papel y otra muy distinta sentirse segura para hacerlo.
Quizá nunca haya una agresión física. Pero se puede destrozar una vida sin acabar con ella. El miedo permanente, la ansiedad y la sensación de estar siempre esperando el próximo problema terminan afectando al sueño, al trabajo, a las relaciones, a la autoestima y a la posibilidad de reconstruir una vida.
Y alrededor están los hijos. Niños que escuchan a un progenitor hablar mal del otro. Que se convierten en mensajeros o incluso en instrumentos para continuar haciéndose daño. Niños que pasan de una casa a otra llevando, además de su mochila, problemas que nunca deberían haber sido suyos. En el extremo más terrible está la violencia vicaria: utilizar a los hijos para provocar el mayor daño posible a la madre. Desde 2013, 68 niños y niñas han sido asesinados en España en contextos de violencia de género.
Reconocer la enorme dimensión de la violencia sufrida por mujeres no debería obligarnos a negar que también existen algunos hombres que sufren acoso, amenazas, manipulación o utilización de los hijos por parte de una expareja. Aunque es cierto que no ocurre en la misma proporción ni son realidades equivalentes.
Los abogados defienden legítimamente los intereses de sus clientes. Jueces y fiscales tienen que decidir con pruebas y garantías. Pero una vida difícilmente cabe entera en un expediente. Quizá determinados procedimientos especialmente complejos necesiten un seguimiento más humano y continuado. Por eso imagino más figuras socioeducativas o psicosociales que puedan escuchar, observar la evolución del conflicto y detectar patrones. No para decidir quién tiene razón. Para aportar otra mirada. Alguien que conozca la historia completa podría advertir: “Aquí está pasando algo más”.
Porque diez denuncias contempladas separadamente pueden parecer diez pequeños problemas. Juntos quizá dibujen un patrón de control, acoso, utilización de los hijos o una escalada peligrosa.
Y cuando no existe violencia ni intimidación y ambas personas pueden negociar libremente, quizá también deberíamos apostar mucho más por la mediación y por resolver los conflictos antes de que se conviertan en guerras interminables.
Una separación puede doler muchísimo. Puede obligarnos a repartir una casa, cambiar nuestra situación económica, reorganizar la relación con nuestros hijos y despedirnos de un proyecto de vida que imaginábamos para siempre. Puede haber tristeza, rabia, frustración e incluso una profunda sensación de injusticia. Pero tenemos que aprender a terminarla bien.
Nuestro mayor éxito no debería ser poner más pulseras. Debería ser necesitar muchas menos.
La prevención empieza en cómo enseñamos a nuestros niños y niñas a querer, a discutir, a gestionar la frustración y a aceptar que alguien puede dejar de querernos.
Aprender a vivir el dolor sin convertirlo en odio y la frustración sin transformarla en venganza. Y cuando no sepamos hacerlo, aprender también a pedir ayuda antes de hacer daño.
Laura dijo que tenía miedo y desgraciadamente demostró que tenía razones para sentirlo. Aprendamos de su historia para proteger mejor a quienes hoy están viviendo situaciones parecidas. Y para no olvidar a todas esas mujeres que llevan demasiado tiempo sobreviviendo en lugar de viviendo.
Ojalá que algún día haya muchas menos mujeres que digan “tengo miedo”. Porque prevenir no consiste solamente en evitar la próxima muerte. Consiste en intentar que nunca empiece la historia que puede terminar provocándola.