Hace tiempo que sigo con curiosidad el cartel de la autopista del norte de Tenerife, Km 32. 

Cada cierto tiempo aparece una frase nueva. No sé quién las escribe. No sé quién las coloca. Y creo que precisamente ahí reside parte de su encanto y su misterio.

Una de ellas me hizo estallar la cabeza: "Creí tener razón... pero no".

Me pareció una de las frases más sabias que he leído en mucho tiempo. Tan sencilla como profunda. Tan breve como incómoda.

Porque casi todas las personas hemos estado ahí. Convencidas de que veíamos la realidad tal como es. Seguras de que el problema estaba en los demás. Defendiendo una idea, una postura o una decisión con la tranquilidad que da sentirse en posesión de la verdad.

Y después descubrimos que no.

O que sí teníamos parte de razón, pero no toda.

O que la otra persona también tenía una parte que no habíamos querido ver.

O que el mundo era bastante más complejo de lo que creíamos.

Yo también me he equivocado muchas veces. He juzgado a personas antes de conocerlas. He defendido ideas que hoy ya no defiendo. He dado por hecho que entendía situaciones de las que apenas conocía una pequeña parte.

Y sospecho que todavía sigo equivocado en más cosas de las que imagino.

Vivimos una época extraña. Tenemos acceso a más información que nunca. Pero tengo la sensación de que, en general, se escucha menos. Se duda menos. Se pregunta menos.

Sin embargo, me está pasando algo maravilloso, cuanto más aprendo sobre las personas y sobre la vida, más consciente soy de todo lo que no sé.

Quizá por eso una de las virtudes que más valoro de nuestro tiempo sea la humildad. Esa capacidad de reconocer que podemos estar equivocadas. De aceptar que no sabemos todo. De escuchar a quien piensa diferente sin convertirlo automáticamente en un enemigo.

La arrogancia genera graves problemas, pero se vuelven aún más serios cuando quien cree tener siempre la razón ocupa una posición de poder.

Cuando una persona arrogante se equivoca, el daño puede ser limitado. Pero cuando quien se equivoca es un padre o una madre incapaz de escuchar, una pareja incapaz de dialogar, un jefe incapaz de admitir errores o alguien que gobierna una institución, las consecuencias afectan a muchas más personas.

La arrogancia y el poder forman una combinación peligrosa.

La historia está llena de decisiones desastrosas que nadie se atrevió a cuestionar. De equipos destruidos por personas incapaces de escuchar. De proyectos que fracasaron porque nadie quiso admitir que quizá existía una alternativa mejor.

A veces basta una sola frase para evitar muchos problemas: "Quizá me equivoqué". Sin embargo, cada vez parece más difícil pronunciarla.

Hemos llegado a confundir la discrepancia con la agresión. Si alguien piensa distinto, asumimos que nos está atacando. Si cuestiona una idea, creemos que cuestiona nuestra valía como personas.

Y no es así. La discrepancia no es una amenaza. La discrepancia es una oportunidad.

La persona que piensa diferente puede estar viendo algo que nosotros no vemos. Puede estar ayudándonos a evitar un error. Puede aportarnos una experiencia o una información que desconocemos.

Pero para descubrirlo hay que escuchar. Y escuchar de verdad.

Esto ocurre continuamente en nuestra vida cotidiana. En las parejas. En las familias. Entre amistades. En los grupos de trabajo.

Muchas discusiones que duran años no nacen de grandes diferencias. Nacen de la incapacidad de dar un paso atrás. De reconocer que la otra persona puede tener parte de razón. De escuchar sin necesidad de ganar.

Hay personas que prefieren tener razón antes que cuidar la relación.

Y pocas victorias resultan tan caras. Porque cuando una discusión se convierte en una batalla de egos, casi siempre pierde la relación.

En política existe una especie de norma no escrita: nunca reconozcas un error.

Da igual la evidencia. Da igual el resultado. Da igual que todo el mundo haya visto lo ocurrido.

Siempre aparecerá una explicación, una excusa, un culpable o un nuevo relato para evitar algo tan sencillo como decir: "Me equivoqué".

Y, sin embargo, yo votaría antes a una persona que reconoce un error que a una que pretende aparentar que nunca se ha equivocado.

Porque reconocer un error no me parece una muestra de debilidad. Me parece una muestra de honestidad. De madurez. De valentía.

Las personas arrogantes no son las que más se equivocan. Son las que menos reconocen sus errores.

Hay preguntas muy sencillas que pueden ayudarnos a detectar la arrogancia, tanto en otras personas como en nosotros mismos.

¿Cuándo fue la última vez que reconociste un error importante?

¿Cuándo fue la última vez que dijiste "tienes razón"?

¿Cuándo fue la última vez que pediste perdón?

¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión después de escuchar a otra persona?

Si te cuesta encontrar las respuestas, quizá no sea porque no te equivocas. Quizá sea porque te cuesta admitirlo.

Y ahí suele empezar el problema.

A veces me pregunto cuántas discusiones, cuántas rupturas, cuántos conflictos familiares, laborales o políticos podrían haberse evitado si alguien hubiera tenido el valor de pronunciar una frase tan simple como esta: "Puede que tengas razón". O esta otra: "Me equivoqué".

Con los años he llegado a una conclusión curiosa. Las personas que más admiro no son las que parecen tener respuesta para todo.

Son las que conservan la curiosidad. Las que preguntan. Las que escuchan. Las que pueden decir "no lo sé" sin sentirse menos inteligentes por ello. Las que son capaces de cambiar de opinión cuando descubren que estaban equivocadas.

Porque quizá la madurez no consiste en tener más certezas. Quizá consiste en aferrarse menos a ellas.

Por eso aquella frase sigue rondándome la cabeza. "Creí tener razón... pero no".

No me parece una frase de derrota. Me parece una frase de crecimiento.

Porque reconocer que nos hemos equivocado no nos hace más pequeños. Nos hace más libres.

Quizá el mundo sería un lugar mejor si discutiéramos menos para ganar y escucháramos más para comprender.

Si cambiáramos algunas certezas por preguntas. Si sustituyéramos parte de nuestro ego por curiosidad.

Y si tuviéramos el valor de pronunciar, de vez en cuando, esas cinco palabras que tanto nos cuesta decir:

"Creí tener razón... pero no".