¿Causa o consecuencia?

Cada vez tengo más dudas sobre si sé identificar correctamente los problemas. A veces intento cambiar una reacción que no entiendo, resolver un conflicto o modificar una situación que me preocupa, pero no siempre me detengo a pensar qué la ha provocado. ¿Y si eso que considero el problema fuera, en realidad, la consecuencia de algo que empezó mucho antes?

Porque si confundo la consecuencia con la causa, también puedo equivocarme al buscar una solución. Quizá consiga que el problema deje de verse durante un tiempo, pero no que desaparezca. Y, tarde o temprano, volverá a presentarse de la misma manera o adoptar una forma diferente.

Para explicar mejor a qué me refiero, piensa en algo tan cotidiano como la fiebre. Cuando tenemos fiebre, solemos tomar algún medicamento para bajar la temperatura y aliviar el malestar. A veces es necesario, pero la fiebre no es la enfermedad: es un síntoma, la señal de que algo está sucediendo en nuestro organismo. Si hacemos desaparecer el síntoma, pero no actuamos sobre su origen, el problema seguirá estando ahí.

Conmigo sucede exactamente lo mismo. A veces estoy irritable, duermo mal, he perdido la ilusión, estoy cansado o reacciono de una manera que después ni yo mismo comprendo. Pero quizá ese mal humor, ese cansancio o esa falta de ganas no sean el verdadero problema. Quizá sean "la fiebre" que me está avisando de que algo no está bien. 

Puede que el origen esté en el miedo, la inseguridad, la baja autoestima, una relación que me está haciendo daño, un trabajo en el que no me siento valorado o alguna de esas heridas del alma que creía cerradas, pero que todavía condicionan mi manera de vivir. También puede haber formas de reaccionar que aprendí hace mucho tiempo y que continúo repitiendo casi sin darme cuenta.

A lo mejor aprendí a callarme para evitar los conflictos, a desconfiar para no volver a sufrir o a complacer a todo el mundo por miedo a que dejaran de quererme. Algunas conductas que hoy me perjudican quizá comenzaron siendo una forma de protegerme. Si solo intento cambiar la reacción, pero no comprendo de dónde nace, es posible que consiga contenerla durante un tiempo, aunque termine apareciendo de nuevo.

Y si me cuesta identificar las causas de lo que me pasa a mí, mucho más difícil puede resultarme comprender lo que les ocurre a los demás. Por eso si veo una mala respuesta, una reacción desproporcionada, un silencio que no entiendo o una forma brusca de alejarse, me quedo con lo que acaba de hacer, pero desconozco todo lo que puede haber detrás.

A veces pensamos que una pareja se rompió por una discusión, una frase desafortunada o un hecho concreto. Sin embargo, puede que aquello solo fuera la consecuencia final de meses o años sin escucharse, sin expresar lo que cada uno necesitaba o dejando que se acumularan pequeñas heridas. Nos concentramos en la última discusión porque es lo que vemos, pero quizá la relación había empezado a romperse mucho antes.

En el trabajo ocurre algo parecido. Podemos interpretar la falta de implicación de una persona como desgana, comodidad o falta de compromiso. En algunos casos será así, pero en otros puede ser la consecuencia del agotamiento, la desmotivación, la falta de reconocimiento o la sensación de que haga lo que haga nada cambiará. Si solo le exigimos que modifique su actitud, tal vez estemos intentando que desaparezca el síntoma sin revisar qué lo está provocando.

También me pregunto cuántas veces señalamos a un niño o a un adolescente como el problema. Nos preocupa que no atienda, que moleste o que no quiera estudiar. Su conducta necesitará una respuesta, pero quizá también esté expresando algo que no sabe explicar de otra manera: miedo, una dificultad de aprendizaje, problemas familiares, falta de autoestima o la necesidad de sentirse visto y escuchado.

Cuando solo corregimos la conducta, podemos conseguir que deje de molestar durante un tiempo. Pero si no nos preguntamos qué intenta expresar, corremos el riesgo de silenciar la señal y dejar intacto aquello que la provoca.

El abandono de animales es otro ejemplo. Los perros y gatos que llenan los albergues son la parte más visible del problema y, por supuesto, necesitan cuidados y un hogar. Pero el abandono es la consecuencia de algo que comenzó antes: una compra impulsiva, un animal regalado como si fuera un objeto, las camadas indeseadas por falta de esterilización, ...

Ampliar los albergues puede ser necesario, pero no evitará por sí solo que sigan llegando animales. Estamos atendiendo las consecuencias sin transformar sus causas. 

Y este patrón se repite en muchos problemas. Lo vemos en el sinhogarismo, el fracaso escolar, la soledad no deseada, la delincuencia o la crispación política. Nos enfrentamos a lo que aparece al final del proceso, cuando el daño ya resulta visible, pero pocas veces reconstruimos todo el camino que nos ha llevado hasta allí.

Atender las consecuencias es imprescindible. Quien está sufriendo necesita una respuesta ahora, no cuando hayamos terminado de analizar el origen de su problema. Pero atender la urgencia no siempre significa resolver el problema. Las consecuencias necesitan respuestas; las causas necesitan cambios.

Quizá podamos empezar a hacernos algunas preguntas: ¿qué ocurrió antes?, ¿desde cuándo sucede?, ¿se trata de un hecho aislado o de un patrón que se repite?, ¿qué puede haber detrás de esta conducta?, ¿qué necesidad no está siendo atendida? Y, sobre todo, si hago desaparecer únicamente lo que estoy viendo, ¿el problema desaparecerá o volverá a manifestarse de otra manera?

No siempre encontraré una respuesta y probablemente algunas causas serán mucho más complejas de lo que imagino. Pero detenerme a formular estas preguntas ya puede cambiar mi forma de mirar, de juzgar y de buscar soluciones.

Porque, a veces, el primer paso para cambiar algo no consiste en actuar más rápido, sino en comprender mejor lo que está ocurriendo. ¿Causa o consecuencia?

Pues eso, lo dicho, no sigamos recogiendo el agua sin cerrar el grifo.