Ojalá este sea el artículo en el que más personas me digan que estoy completamente equivocado. Porque, si eso ocurre, significará que el futuro es bastante mejor de lo que ahora mismo alcanzo a ver.
Hace unos días cogí el móvil para responder solamente un mensaje. Sin embargo, cuando quise darme cuenta había pasado media hora. Sin habérmelo planteando había visto unos diez vídeos, leído varias noticias y terminado en una conversación que no recuerdo cómo empezó.
No creo que el problema sea solamente el móvil. Ni las redes sociales. Ni siquiera sus empresas propietarias, ni quienes viven de ellas. Creo que el problema es mucho más profundo.
Vivimos en una sociedad en la que nuestra atención se ha convertido en un negocio gigantesco. Si una empresa consigue que miremos unos segundos más su anuncio, tendrá más posibilidades de vender millones de sus productos o servicios. Si una red social o un medio de comunicación digital consigue que permanezcas un rato más dentro de su aplicación o su web, ingresará más por publicidad. Si un creador de contenido logra cientos de miles de visualizaciones, las marcas llamarán a su puerta. Todos compiten por lo mismo: unos minutos de tu vida. Porque quien consigue tu atención tiene muchas más posibilidades de influir en lo que compras, en lo que deseas y, poco a poco, en la vida que acabas construyendo.
Y no creo que esto solo ocurra porque seamos más débiles o tengamos menos fuerza de voluntad, que también pasa. Ocurre porque todo está diseñado para que volvamos una vez más. Cada vídeo lleva al siguiente. Cada notificación despierta nuestra curiosidad. Cada "me gusta" nos regala una pequeña satisfacción que queremos volver a sentir. No somos inmunes a eso. Yo tampoco.
No basta con proponerse usar menos el móvil. Al otro lado hay miles de excelentes profesionales estudiando cómo conseguir que permanezcamos unos segundos más delante de una pantalla. Psicólogos, diseñadores, programadores y expertos en comportamiento humano llevan años perfeccionando sistemas para captar nuestra atención. Pensar que siempre vamos a ganar esa batalla sería bastante ingenuo.
Quizá el mayor éxito de esta sistema no haya sido conseguir que estemos siempre ocupados. Ha sido conseguir que nos sintamos incómodos cada vez que no pasa nada.
Nos cuesta esperar una cola sin mirar el móvil. Sentarnos cinco minutos sin hacer nada. Incluso aburrirnos.
Y, sin embargo, el aburrimiento nunca fue un problema. Era el lugar donde aparecían muchas de nuestras mejores ideas. Donde recordábamos, imaginábamos, reflexionábamos o, simplemente, dejábamos descansar la cabeza.
Hoy vivimos saltando de un estímulo a otro. De un vídeo a un mensaje. De una noticia a un correo. De una conversación a otra. Nuestra cabeza apenas termina una idea cuando ya la estamos empujando hacia la siguiente. Quizá por eso muchas personas acabamos el día con la sensación de estar agotadas sin haber hecho un gran esfuerzo físico. No hemos dejado de pensar ni un solo instante.
Estoy convencido de que habrá personas que ni siquiera se planteen leer este artículo porque piensen: «¡Es muy largo!». Y, sin embargo, esta misma tarde dedicarán varias horas a ver vídeos que probablemente no recordarán mañana.
No creo que estemos perdiendo solo el hábito de leer. Creo que estamos perdiendo la costumbre de detenernos a pensar. Y la consecuencia es grave. Porque así no es posible conocer y entender los problemas importantes y complejos, ya que no caben en un vídeo de treinta segundos.
Con los influencers me pasa algo parecido. Hay algunos que hacen un trabajo magnífico y aportan muchísimo valor. Pero otros consiguen millones de seguidores exhibiendo una vida de lujo o convirtiendo la superficialidad y, a veces, la auténtica idiotez en espectáculo. Lo preocupante no es que existan. Siempre los ha habido. Lo que me entristece es que muchas personas, especialmente jóvenes, decidan dedicarles una parte tan importante de su vida.
Pero la atención no es la única rueda en la que vivimos atrapados. También está la económica. Muchos sentimos el estrés de no llegar a fin de mes. Otras, aunque ganan más, descubren que también gastan más y tampoco llegan.
El coste de la vivienda, la compra del supermercado, el mantenimiento del coche, la gasolina, las suscripciones, los seguros, un imprevisto... Siempre aparece algo.
Hasta quedar con unos amigos para cenar parece que exige hacer cuentas antes de decir que sí.
Y también, casi sin darnos cuenta, acabamos aceptando que toda forma de disfrutar pasa necesariamente por invertir bastante dinero, viajes, conciertos, etc. ¿Nos querrán también frustrados?
Volviendo al tema de la atención, me ocurre una cosa curiosa cuando pienso en los momentos más felices que recuerdo, nunca aparecen una pantalla, una publicación con muchos "me gusta" o un vídeo viral. Me hicieron feliz, una conversación sin prisas y con risas, un paseo con mis perros, un baño en el mar, una comida con las personas que quiero o un atardecer que me obligó a detenerme unos minutos.
Quizá el verdadero problema es que no nos damos cuenta y vamos llenando cada minuto con estímulos que reclaman nuestra atención mientras dejamos de prestársela a lo que realmente importa. Y eso, poco a poco, nos va dejando un vacío que ninguna pantalla, ninguna compra y ningún vídeo consiguen llenar.
No sé si estoy completamente equivocado. Ojalá lo esté.
En cualquier caso, quizá haya llegado el momento de volver a preguntarnos si la vida que estamos viviendo se parece de verdad a la vida que queremos vivir.