Hace poco, tomando un café, una persona me dijo una frase que me llamó mucho la atención: “Llevo años muy implicado con mi trabajo y siento que no me valoran porque no me ascienden”.
No hablaba con enfado. Hablaba con decepción. Tenía la sensación de que todo el esfuerzo de tantos años solo podía reconocerse de una manera: dándole un cargo superior.
Aquella conversación me acompañó durante días. Cuanto más pensaba en ella, más dudas me surgían. ¿De verdad la mejor forma de decirle a alguien que hace muy bien su trabajo es cambiarlo de puesto? ¿Y si, intentando reconocer a esa persona, acabamos alejándola precisamente del lugar donde mejor podía aportar?
Entonces comprendí que quizá llevábamos demasiado tiempo confundiendo dos cosas que no son lo mismo: reconocer a una persona... y ascenderla.
La reveladora conversación me hizo recordar algo que había vivido años atrás. Cuando fui consejero del Cabildo de Gran Canaria seguía siendo la misma persona, pero algunas cosas cambiaron. Había más saludos, más invitaciones a tomar un café, más interés por escuchar mi opinión y hasta algún «señor consejero» que siempre me hizo sonreír. Cuando aquella etapa terminó, muchos de esos pequeños gestos desaparecieron con la misma rapidez con la que habían llegado.
Aquello no me hizo pensar en la política. Me hizo pensar en nuestra manera de entender el reconocimiento. Tuve la sensación de que muchas personas no estaban reaccionando ante mi persona, sino ante el cargo que ocupaba. Con los años descubrí que esa misma forma de entender el reconocimiento se repetía una y otra vez en empresas, administraciones, clubes deportivos y colegios.
Y los ejemplos empezaron a aparecer por todas partes. Piensa en un gran jugador de fútbol. Puede ser el mejor del equipo durante años y el club decide convertirlo en entrenador porque piensa que, si ha sido un gran jugador, también será un gran entrenador. Pero descubre que no. No porque haya dejado de saber de fútbol, sino porque jugar y enseñar a jugar son profesiones distintas.
O piensa en esa médico extraordinaria, cercana y humana, de la que todo el mundo sale diciendo: “Ojalá siempre me atienda ella”. Un día la nombran directora del hospital. Dejamos de tener a la médico que tanto ayudaba a las personas y no siempre conseguimos una buena directora, porque liderar un hospital exige otras capacidades.
Lo mismo ocurre con ese profesor brillante al que sacamos del aula para dirigir un centro educativo. Deja de hacer aquello que mejor sabía hacer y acaba enterrado entre reuniones, horarios, presupuestos y papeles.
Ninguna de esas personas ha perdido su capacidad. Simplemente las hemos cambiado de sitio. Y empiezo a pensar que ahí puede estar uno de nuestros mayores errores. A veces, intentando premiar a las personas que hacen muy bien su trabajo, es cuando empezamos a perderlas.
Y quizá también deberíamos preguntarnos qué entendemos realmente por reconocer a una persona. Porque reconocer no es solo darle las gracias, dedicarle unas palabras bonitas o decir delante de todo el mundo que hace un trabajo extraordinario. Todo eso está bien, pero muchas veces se queda corto.
Reconocer también es pagar un sueldo justo, ofrecer buenas condiciones de trabajo, confiar, escuchar, dar autonomía y comprender que, si una persona lleva años dejándose la piel por una organización, también necesitará que esa organización esté a su lado cuando lo necesite. Al final, el reconocimiento empieza en las palabras, pero se demuestra en los hechos.
No quiero que se entienda mal. Claro que hay personas que deben ascender. Hay quienes tienen las capacidades, los conocimientos y la ilusión necesarios para asumir responsabilidades mayores y, cuando eso ocurre, el ascenso es una magnífica noticia, tanto para la persona como para la organización.
También me parece completamente legítimo que una persona quiera ganar más dinero, disfrutar de mejores condiciones o asumir nuevas responsabilidades. Todos queremos progresar. Lo que me pregunto es por qué seguimos dando por hecho que, para conseguirlo, casi siempre hay que cambiar de puesto.
¿Por qué una persona que hace un trabajo extraordinario tiene que dejar de hacerlo para cobrar un poco más? ¿No sería más inteligente reconocer ese esfuerzo mejorando su salario, sus condiciones, su autonomía o sus posibilidades de seguir creciendo exactamente donde aporta más valor?
También existe el riesgo contrario. Pensar que, porque deseamos un cargo, ya estamos preparados para ocuparlo. Todos hemos escuchado alguna vez esa frase de: “Si él puede hacerlo, yo también”. A veces es verdad. Otras veces solo estamos viendo el cargo, pero no la responsabilidad que lleva detrás. Dirigir personas exige escuchar, delegar, coordinar, resolver conflictos y tomar decisiones difíciles. Son habilidades que también hay que aprender.
Con los años he llegado a una conclusión muy sencilla. La autoestima no consiste en pensar que servimos para todo. Consiste en conocernos lo suficiente como para saber dónde podemos aportar más y dónde, sencillamente, seríamos más felices.
Al final me acordé de una vieja historia china. Cada vez que ocurría algo que parecía muy bueno o muy malo, la gente se apresuraba a juzgarlo. Y siempre aparecía un anciano que respondía igual:
Mala suerte... buena suerte... quién sabe.
Quizá un ascenso sea una magnífica noticia. O quizá no. Quién sabe. Lo que sí tengo cada vez más claro es que el problema no es ascender a las personas. El problema es creer que esa es la única manera de reconocerlas.
Porque algunas personas nacieron para dirigir equipos. Otras para enseñar. O para cuidar. O para reparar. O para crear. Todas son necesarias.
Y porque hay ascensos que mejoran un currículum... pero empeoran una vida.
El verdadero éxito no consiste en llegar siempre un escalón más arriba. Quizá consista en encontrar el lugar donde puedes ser extraordinario, dar lo mejor de ti mismo, sentirte reconocido y recibir una compensación justa por ello.