El baifo de Quevedo es una de esas imágenes que hablan de Canarias sin nombrarla, nos hace conectar con el sentimiento de pertenencia, de orgullo y de amor por estas islas. Pero querer esta tierra no es solo presumir de ella. También es cuidarla.
Y cuidar Canarias obliga, tarde o temprano, a hablar del turismo. De todo lo que nos ha dado, de todo lo que todavía le queda por darnos y también de sus límites. Porque el éxito turístico también ha empezado a mostrarnos sus contradicciones: masificación en determinados lugares y presión sobre el territorio, la vivienda, las carreteras o los espacios naturales. Por eso se ponen límites y regulan el acceso a algunos de nuestros lugares más frágiles, porque hemos entendido que Canarias tiene límites y, por tanto, el turismo también los tiene.
Y justo cuando empezamos a asumirlo, nos llega una factura que resume veinticinco años de errores, decisiones y tribunales: 485 millones de euros. Todo comenzó, paradójicamente, intentando poner precisamente uno de esos límites.
Sin embargo, tengo la sensación de que la noticia no ha provocado ni de lejos el impacto social y político que correspondería a semejante cifra. Para mí es una de las noticias más graves que ha recibido Canarias en estos últimos años. Porque hablamos de casi 500 millones de nuestros impuestos destinados a pagar las consecuencias de errores de la propia Administración.
La moratoria turística nació hace veinticinco años para limitar nuevas camas y proteger determinados suelos ante una expansión que ya entonces preocupaba. Después de leyes, decisiones políticas, silencios administrativos y años de tribunales, no solo tendremos que pagar 485 millones de euros, sino que además desaparece la obligación de mantener como rústicos los terrenos afectados.
Intentamos limitar el crecimiento turístico y terminamos pagando casi 500 millones sin garantizar aquello que pretendíamos evitar. Que alguien me lo explique.
El Gobierno argumenta que las reclamaciones superaban los 1.000 millones y que el acuerdo reduce prácticamente a la mitad la factura. Puede ser una buena negociación ante el desastre al que habíamos llegado. Pero evitar pagar una barbaridad pagando otra barbaridad no convierte el resultado en una buena noticia.
Y es que 485 millones no son solo una cifra. Para ponerla en perspectiva, todo el presupuesto autonómico previsto en 2026 para atender a las personas dependientes ronda los 447 millones. También tenemos personas esperando en listas de espera sanitarias, hay graves problemas de vivienda y tantas otras urgencias sociales. No digo que con ese dinero pudiéramos resolverlas todas. Digo algo mucho más sencillo: son 485 millones de dinero público que ya no estarán disponibles para atender otras necesidades.
Esto exige explicaciones y asumir reponsabilidades. Tenemos derecho a saber qué ocurrió, qué se hizo mal, qué podía haberse evitado y qué responsabilidades existen cuando determinados errores terminan costándonos semejante cantidad de dinero. Porque pagar, olvidar y seguir como si nada es la mejor manera de volver a equivocarnos.
Pero el problema no termina con la factura. Vuelve a abrirse la posibilidad de construir más hoteles en parte de aquellos suelos. Por eso, antes de seguir creciendo deberíamos hacernos una pregunta importante: ¿Qué turismo queremos para Canarias?
Yo estoy a favor del turismo. Sin peros. Valoro todo lo que nos ha dado: riqueza, empleo, empresas, impuestos, oportunidades y desarrollo. Es esencial para nuestra economía y seguramente seguirá siéndolo durante muchísimo tiempo. Precisamente por eso quiero que lo cuidemos.
La tentación de crecer siempre estará ahí. Si un empresario puede ganar 200, ¿por qué conformarse con 100? Si una Administración puede recaudar más impuestos, ¿por qué renunciar a ellos? Si más hoteles generan puestos de trabajo, ¿quién no va a querer más empleo? Cada razonamiento tiene lógica. El problema aparece cuando los sumamos todos sobre unas pequeñas islas.
Porque el dinero puede querer crecer indefinidamente. El territorio no. Podemos construir más hoteles y seguir batiendo récords. Las estadísticas económicas podrían ser magníficas. Pero ¿sería mejor Canarias?
Imaginemos Playa del Inglés y Maspalomas completamente saturadas. Imaginemos que recorrer nuestros senderos acaba pareciéndose a caminar una noche de Reyes por Triana. ¿Es eso lo que queremos? ¿Y sería atractivo para quien viene a visitarnos?
No es una exageración. En Timanfaya, el Teide o el Roque Nublo ya se han tenido que regular los accesos. No porque se quiera que vaya menos gente, sino porque hay lugares que, si queremos conservarlos y disfrutarlos, no pueden soportarlo todo.
Recibimos alrededor de 18 millones de turistas al año y aquí vivimos poco más de dos millones de personas. Quizá el siguiente récord no tenga que consistir necesariamente en traer más. ¿Por qué no aspirar a un turismo mejor?
Más calidad es más gasto por visitante. Mejores salarios. Más consumo de producto canario. Más riqueza que permanezca aquí. Más conservación. Una experiencia mejor para quien viene y, sobre todo, una vida mejor para quienes estamos aquí los 365 días del año. Eso si que sería un magnífico negocio.
El turismo debe ser rentable para quien invierte, generar oportunidades para quien trabaja y resultar atractivo para quien nos visita. Pero también debe mejorar la calidad de vida de la sociedad que lo sostiene y respetar el territorio que lo hace posible. Porque podemos terminar convirtiendo Canarias en un lugar maravilloso para pasar siete días y cada vez más difícil para vivir todo el año.
Hay un momento en el que más empieza a ser menos. Más camas significan menos territorio. Más rentabilidad inmediata, menos sostenibilidad futura. Y si terminamos deteriorando aquello que hace especial nuestro destino, habremos hecho un pésimo negocio incluso desde el punto de vista económico.
Y para terminar vuelvo al baifo de Quevedo. Al orgullo de quien canta que de aquí no se va ni borracho. Yo quiero que dentro de veinte o treinta años nuestros jóvenes sigan queriendo quedarse. Pero sobre todo, que puedan quedarse.
Quizá cuidar nuestro turismo se parezca bastante a querer, valorar y proteger ese baifo. Y saber cuándo es suficiente. Porque la gallina de los huevos de oro no se cuida obligándola a poner cada año más huevos. Se cuida procurando que siga viva.