A veces tengo la sensación de que se nos está olvidando una cosa muy sencilla: la vida es corta y estamos de paso.
Y lo digo porque parece que vivimos muchas veces como si tuviéramos que cargar el mundo entero sobre la espalda. Preocupados por todo. Tensos por todo. Enfadados por todo. Con la cabeza llena de problemas, noticias, miedos, prisas, facturas, ...
Y ojo, que no estoy diciendo que los problemas no existan. Claro que existen. Algunos son graves, urgentes y muy injustos. Tampoco digo que una verbena, unas risas o un asaderito sustituyan la terapia, la ayuda profesional o el trabajo emocional que muchas personas necesitan. Hay momentos en la vida donde pedir ayuda es importantísimo y donde una buena profesional puede ayudarte muchísimo.
Hablo más bien de la actitud con la que atravesamos la vida y de la importancia de seguir teniendo espacios para respirar un poco, compartir, despejar la cabeza y reírnos también de nosotros mismos. Porque mientras intentamos resolver lo que nos duele… también tendremos que vivir un poco, ¿no?
Y sinceramente, últimamente veo a demasiada gente agotada por dentro. Personas que hace muchísimo tiempo que no se ríen de verdad, que no desconectan, que no bailan, que no hacen el tonto un rato y que viven demasiado pendientes del qué dirán, de la imagen, de parecer siempre serias, responsables y correctas.
Porque el humor, cuando nace del cariño y no de la burla, no arregla todos los problemas, claro que no. Pero sí puede convertirse en ese pequeño interruptor que vuelve a encender la luz cuando todo empieza a verse demasiado oscuro. Nos relaja, nos acerca, nos ayuda a confiar, hace que el cuerpo afloje un poco y que la cabeza descanse. Y a veces, solo eso, ya ayuda muchísimo.
Y además en Canarias eso siempre lo hemos sabido bastante bien. Aquí mucha gente ha sobrellevado épocas duras alrededor de una barbacoa, unas papitas arrugadas, una mesa de plástico y alguien diciendo: “Pon música ahí, hombre”.
Porque si algo nos gusta a los canarios es una risa, una conversación y una fiesta.
Y además el asaderito tiene algo muy bonito. No es solo comer y beber. Es el encuentro con gente a la que hace tiempo que no ves. Ponerte al día. Preguntar cómo sigue la madre de uno, cómo le va el trabajo al otro o escuchar a alguien contar algo que llevaba semanas guardándose. Es hablar de la vida sin darte ni cuenta.
En un asadero se habla muchísimo. A veces sales de allí después de cuatro horas y has tenido veinte conversaciones distintas. Una absurda. Otra divertida. Otra profunda. Otra donde terminaron todos riéndose porque alguien recordó una anécdota imposible de olvidar.
Y ahí, en medio de las risas, de la música bajita y del vacilón sano… muchas veces también salen conversaciones importantes. De las de verdad. De las que ayudan. Porque cuando estamos relajados, acompañados y tranquilos, también hablamos mejor, escuchamos mejor y nos abrimos más.
Y eso también es salud. Igual que una romería. Una verbena. Una sobremesa eterna. Un tenderete donde alguien saca una guitarra aunque toque regular tirando a peligroso. Una tía bailando como si estuviera esquivando avispas.
Y al final… nos reímos.
Y eso vale muchísimo.
Porque yo creo que el buen humor mejora la convivencia. Mejora las familias, las parejas, la relación con nuestros hijos, con nuestros mayores y con los compañeros de trabajo. Hay gente que entra a un sitio y trae tensión. Y otra que trae alivio.
He tenido además la suerte de aprender mucho de eso en casa. Mi madre, por ejemplo, siempre ha sido de esas personas con una bromita preparada, un comentario simpático o una manera muy natural de quitarle hierro a las cosas. Y mis hijos también tienen mucho de eso. Muy buen sentido del humor. Y qué importante me parece.
Porque al final, cuando recordamos a las personas que queremos, muchísimas veces lo primero que aparece son las risas. Las anécdotas absurdas, los viajes donde salió todo mal, las sobremesas eternas y las frases míticas que seguimos repitiendo veinte años después.
Eso deja huella. Yo mismo he hecho muchas veces vídeos y tonterías en redes simplemente por sacar una sonrisa. Y es curioso porque hay personas que lo entienden enseguida y te dicen: “Chacho, necesitaba esto hoy”.
Y después están los del: “¿Y no te da vergüenza?”. Como si hacer el tonto cinco minutos fuera incompatible con ser adulto.
Cada vez desconfío más de la gente que nunca hace el ridículo. Algo raro hay ahí. Porque la vida necesita espontaneidad, vacilón sano y gente capaz de reírse de sí misma.
Y ojo, que para mí vivir con humor no significa tomarse la vida a cachondeo ni mirar hacia otro lado. Claro que hay que afrontar problemas, poner límites, sanar heridas, trabajar, responsabilizarnos y atravesar momentos duros cuando llegan.
Yo no hablo de una felicidad falsa ni de ir sonriendo todo el día como si no pasara nada. Hablo más bien de intentar atravesar la vida con una actitud un poco más ligera, más humana y más optimista. De no perder la capacidad de reírnos, de compartir y de disfrutar pequeños momentos incluso en épocas difíciles.
Y por eso cada vez me parecen más importantes las actividades, encuentros y talleres donde la gente pueda moverse, hablar, reírse, bailar un poco, expresarse y volver a conectar consigo misma y con los demás.
No para negar los problemas. Sino para recordar que también necesitamos vida alrededor. Necesitamos espacios más humanos. Lugares donde no todo sea rendimiento, prisa, obligación o pantalla. Lugares donde podamos mirarnos, escucharnos, soltar tensión y volver a sentir algo tan sencillo como esto: estamos aquí, estamos juntos y todavía podemos echarnos unas risas.
Así que no sé. Igual hoy no necesitamos resolver todos los problemas del mundo.
Igual hoy lo que nos hace falta es un asaderito, unas papitas arrugadas, un cliper de fresa… y unas cuantas risas de las de verdad.